jueves, 15 de noviembre de 2012

Prisas


Levantarse, desayunar, ducha y a clase. Esto si tenemos clase de mañana, pero en la Catho solemos tener a horas tan raras y dolorosas como a las 13:30h, a las 14:00h o a las 15:14h.

Tere y yo llevamos toda la semana prometiéndonos que a las 10 nos levantaremos y aprovecharemos la mañana para hacer cosas. Lo raro es que nos vayamos a dormir antes de las 2, por lo que cuando ella me insiste en que vamos a madrugar y va a venir a las 10 en punto a despertarme, yo me río por dentro y le digo que sí, que yo también voy a levantarme y hacer cosas productivas (jajajajaja), ella se medio pica y me repite que vendrá a despertarme. Van cuatro días que nos levantamos un poco más tarde de las 11. Sobra decir que las sábanas tienen una fuerza sobrenatural que atrapan hasta al más dispuesto. Pero Tere no pierde la ilusión de ponerse el reto de amanecer antes del mediodía y cuando entra en mi habitación yo sigo durmiendo, me sube la cortinita de la velux cual madre y mientras ella desayuna, yo intento auto-convencerme de que tengo que levantarme. Esta mañana ha sido más fácil convencerla a ella de que se quedase durmiendo conmigo “cinco minutitos más” y nos han vuelto a dar las 11.

A pesar del remoloneo mañanero, nos pasamos el día con prisa, corriendo, subiendo y bajando escaleras, perdiendo autobuses y esperando ascensores. El horario francés nos hace comer tempranísimo y llegar a clase con la comida en la boca. Se nos desbarajustan los planes y los biorritmos que hemos llevado durante 21 años. Tenemos que salir corriendo de casa para llegar a tiempo a la facultad. Sobra decir que siempre llegamos rozando la hora; o perdemos el bus porque nos pasa en las narices, o salimos de casa cuando la clase está a punto de empezar.

Salimos de clase, vamos a casa y tenemos que cenar a ritmo de engulle para poder coger el último bus y no tener que esperar a los de la soirée (la noche). Ni un segundo para respirar. Hay días que, obviamente, no apetece comer a las 12 un filete después de haber desayunado a las 10 y nos vamos a clase con los cereales bailando en la tripa. Salimos de la Catho por la tarde y cuando llegamos a casa no tenemos hambre, tenemos principios de muerte por inanición. Entre las prisas, los horarios que nos marcamos, las comidas a deshoras y el agobio de las clases, vamos a volver a España con la angustia de mirar el reloj y calcular horas para cualquier plan que tengamos en mente.

Para romper con la monotonía del golpe de corneta, ayer fue un día pausado; estuvimos todo el día en casa haciendo trabajos, nuestra única visita fue Clara por la mañana, ni siquiera hablamos con Flora de lo absortas que estuvimos cada una delante de la pantalla de su ordenador. La prisa llegó cuando salimos de casa a las 8 menos algo para ir a comprar con el Super U a punto de cerrar.  Ya era noche cerrada y nuestro pseudo-pijama fue el atuendo elegido para la ocasión, calzadas con botas estilo Ugg que usamos a modo de zapatillas nos fuimos decididas a llenar nuestra nevera, tan pequeña como es, se llena y se vacía al mismo ritmo.

Estuvimos tantas horas sentadas, concentradas y trabajando que cuando nos vimos las dos en la calle son semejantes pintas y con una bolsa del tamaño de un paracaídas, nos daba la risa como si llevásemos encima unas copas de más. Para arreglar la situación absurda, Tere se tropezaba a casa paso, tantas veces que perdí la cuenta, la boca que tiene una de sus botas era la culpable. Admito que yo también me tropecé, pero una vez, no soy capaz de andar como una persona normal calzada con esas botas de oso de las nieves.

Si sigo hablando de las prisas, es obligado decir que en Angers (y en Francia en general) las tiendas pequeñas cierran a las 7, el Super U y las galerías Lafayette a las 8 y el Spar a las 9. Las tardes en Angers no existen, son un invento de los españoles que aquí echo mucho de menos. Tomar algo e ir de tiendas hasta una hora prudencial es un plan imposible. El día empieza demasiado pronto, se hacen largos y a veces eternos, sin embargo miras el reloj y solamente son las 7 de la tarde, pero tienes la sensación de que son las 11 de la noche y el día está acabado.

Se vacían las calles y muere la ciudad, que resucita gracias a los españoles que nos empeñamos en hacer vida nacional en territorio hostil. Pero nuestros horarios aquí no funcionan y hay que adelantar todo un par de horas (incluso tres). No es que yo viva en España a ritmo canario, pero la prisa en este país se les va de las manos.

Besos  

lunes, 12 de noviembre de 2012

Faire la cuisine ensemble


Tras el percance arácnido, Tere y yo seguimos vivas; eso sí, ahora hay un ritual para salir de casa que se debe seguir a rajatabla. Yo bajo primero las escaleras y me cercioro de que no hay nada que pueda perturbar la paz interior de mi compañera, posterior registro, sujeto la puerta y ella sale corriendo escaleras abajo como si tuviera una bomba en la retaguardia a punto de explotar, lo mismo para entrar. Todo un espectáculo digno de ver. Eso sí, está ejercitando los gemelos que da gusto. Tere es a la arañas como yo a madrugar, pánico absoluto.

Esta semana volvimos a las clases con lo que todo eso conlleva, trabajos y horas en la uni. Té con Flora, cenas con los vecinos, noches de ver Lost y alguna que otra conversación por Skype para ponerse al día con nuestra vida en España. Hacía mucho que no les veía la cara a alguna de mis amigas, como a Maroca, que ahora está de Séneca en Salamanca, a Pazos que se me ha ido a Lugo y a Eukene, que sigue en Tarragona. Tuve el placer de hablar durante un rato largo con cada una de ellas. Jaime también se pasó a saludar vía Skype, pero para ponerme al día de su nueva vida Erasmus en Lublin (Polonia). Mis primas Sara y Marta también me amenizaron alguna tarde desde Padrón, y mis padres son los fijos de casi todos los días en Compostela. En cuanto hay un atisbo de morriña es genial poder conectarse y hablar durante un rato :)


 Yusuke, Flora, Tere y yo 

Volviendo a nuestra semana, el jueves hicimos una cena todas juntas en casa de las queridas (Isagata and co), que estuvo muy bien, con sus fajitas y sus quesos reglamentarios, pero no llegamos a salir porque a las dos cerró todo en la Bressigny (la calle de los “pubs”) así que nos fuimos a casa tempranito. El viernes y el sábado sí que hubo soirée, por lo que el domingo teníamos acumulado el cansancio de todos los días y no teníamos ninguna intención de hacer nada que supusiera demasiado esfuerzo.

Aquí lo de no hacer nada no se lleva, por lo que nuestro plan de descanso y honguear hasta echar raíces, se vio truncado. Nos habíamos comprometido con nuestra querida vecina taiwanesa Flora para cenar juntas y no nos acordábamos (o no queríamos recordarlo). La cena en cuestión, iba a ser sobre las 6, así que nos torcían todos los posibles planes, pero con este horario es lo que hay. Decidió quedar temprano porque ella quería preparar raviolis (una comida taiwanesa que nada tiene que ver con los italianos), que requiere bastante tiempo de preparación; además venían también Olga, una chica mexicana, Sun Hee, el chico coreano del que ya he hablado por aquí, y Yusuke, el chico japonés que también vive con nuestra familia.

Cada uno haría una comida típica de su país. A Tere y a mí se nos ocurrió la magnífica idea de decirle a Flora que íbamos a hacer croquetas, en un momento de álgida motivación, además se las vendimos mucho y muy bien. Partiendo de la base de que ninguna de las dos sabíamos como se hacían (a pesar de ver a nuestras madres hacerlas un sinfín de veces), recurrimos a nuestra amiga chef, es decir, a Clara, que se ofreció a ayudarnos y nos salvó de quedar mal en la cena internacional.

Pero volviendo al tema, estábamos Tere y yo vagueando, post-comida de domingo, en pijama todavía y con las gafas puestas, cuando Flora llamó a nuestra puerta para decirnos que al acabar con nuestro quehaceres podíamos ir a ver cómo hacía los raviolis. Inocentes de nosotras, un día lejano, le dijimos que queríamos aprender, lo que no sabíamos era lo que nos esperaba en realidad.

Empiezo por lo fundamental, los raviolis son como empanadillas de toda la vida de dios con un relleno dentro, la masa es la misma y se hace igual que la que conocemos en España. El relleno en cuestión es carne picada con zanahoria rayada, champiñones picados, cebolla y salsa de soja.

Yo me iba comiendo el postre cuando entré al estudio de Flora, que se vio interrumpido porque nos sentó a cada una en una silla y nos puso a amasar, cortar cebollas, rayar zanahorias, triturar champiñones… y como aquí no disponemos de artilugios de cocina de nivel como en nuestra casa, a golpe de cuchillo tuvimos que cortar los mil y un ingredientes.

Empezamos amasando, ella nos lo vendía como algo divertido, y Tere y yo amasa que te amasa hasta que tuvimos los deditos atrofiados. A mí me venía mi madre a la mente haciendo empanadillas (de las de verdad), cuando me sentaba en la cocina y me daba un trozo de masa que yo amasaba con el rodillo de la plastilina, lo hacía para entretenerme y que estuviera callada un poco, pues esto era lo mismo, Flora a lo madre y Tere y yo como sus pequeñas, afanadas en dejar la masa homogénea y esponjosa.


 Flora y la masa

Cuando no podíamos más del dolor de manos y brazos, nos cambió de tarea. Cortar, cortar, cortar… A mí me lloraban los ojos de cortar tanta cebolla y a Tere se le resentían las manos de rayar tantas zanahorias. Flora nos había embaucado en un trabajo de chinos sin comerlo ni beberlo. La gracia es que teníamos todo sin recoger en nuestro estudio y las croquetas por hacer. Cuando llegó Clara nos pilló en plena faena haciendo raviolis como en una cadena de montaje. Tere amasaba y cortaba la masa y yo los rellenaba, mientras Flora se encargaba de hacer más y más masa. Sobra decir que Clara fue la tercera víctima de los raviolis y allí se quedó encadenada a la mesa con nosotras.

Proceso 






Lo mejor fue la afirmación de nuestra vecina “when I made ravioli I want to kill myself” que viene a decir que cuando hace raviolis, se quiere morir porque es un auténtico coñazo, lo que nosotras desconocíamos hasta ese momento. Vaya panorama, las tres en el estudio de Flora, que es diminuto y lleno de cosas hasta los topes, cortando y amasando sin descanso. Flora vive como si padeciese el conocido síndrome de Diógenes, ella nos dice que es porque se siente bien entre tantas cosas. Pero en su estudio puedes encontrarte de todo, un montón de botes de especias y al lado un champú, bolsitas de té y millones de libros por todos lados.

En fin, nunca hicimos nada tan elaborado como eso desde que llegamos, pero he de decir que estaban buenísimos, no se fríen como las empanadillas normales, sino que se le echa agua al aceite y hay que esperar a que se evapore para que luego se frían. Pero el esfuerzo tuvo tu recompensa y la cena estuvo muy bien. Nuestras croquetas estaban cojonudas gracias a la maña de Clara y al jamón que le trajo su hermana, a nuestros invitados también les gustaron, y a nosotras todas las comidas que probamos también. Huevos rancheros mexicanos, una pasta japonesa y los raviolis taiwaneses. Té de postre y galletas del Mont Saint-Michel.


Resultado final

Tenemos tantas fotos cenando en la mesa que ya me hace gracia cuando Flora saca su cámara para inmortalizar el momento. 


Sun Hee, Clara, yo, Tere, Olga, Yusuke y Flora

Después de la cena se fueron nuestros invitados y Clara se quedó conmigo y con Tere, nos dieron las mil y se quedó a dormir aquí. Ataviada con uno de mis pijamas y obsequiada con un cepillo de dientes que le dio Tere, ya es nuestra compañera de piso de adopción oficial. Metidas las tres en la misma cama nos dio como el subidón tonto que le da a los niños pequeños cuando beben Coca-Cola, y no podíamos parar de reírnos.

Ha sido un finde culinario de lo más entretenido, esta semana empieza con miles de trabajos y cosas que hacer, pero poco a poco y tiempo al tiempo!

Besos



martes, 6 de noviembre de 2012

Al borde de la muerte

Este finde he estado de okupa en el "Petit château" con Clara y Raquel, ya que Tere se quedó cuatro días más en París y me daba cosa estar sola en la lejanía de mi estudio. Qué hospitalidad y qué bien he comido con ellas ;) Tras la fiesta en casa del trío homeless del viernes, el sábado fue un día completamente casero, aunque más que casero, fue de hongo total, no echamos raíces de milagro. Tras anécdotas varias, este finde será recordado como "el de los agapornis", gracias a Isagata.

Finalizado el fin de semana, el lunes volvió Tere. Clara y yo estábamos en la estación esperándola y tras efusivos abrazos de reencuentro, nos fuimos las tres al "Petit château" a comer, invitadas por chef Clara. Con Tere de vuelta estaba más que claro que se volvía a la rutina, y hoy con dolor de corazón, tuve que poner el despertador para hacer algo con mi vida. Ya os podéis imaginar lo dura que ha sido la vuelta a las clases después de una semana sin hacer ni el huevo. Pues bien, tras equivocarnos con el horario (cómo no) y perdernos una clase por la mañana, a las 15:45 estábamos en la Catho preparadas para dos horas de "image et récit" y hora y media posterior, de "français".

Hasta aquí todo bien, bueno, bien bien tampoco, pero normal dentro de la tragedia de la vuelta. Ya sentada en clase de francés, la profesora afónica nos reparte unos folios diciéndonos que no puede hablar y que en las hojas encontraremos todos los ejercicios para el programa del día. Que los hagamos todos en un folio y después se los entreguemos. Mientras ella nos observa desde su mesa. Me paro a leer el enunciado y la mujer nos pone que si tenemos dudas o preguntas, que sean de respuesta cerrada, es decir, de sí o no, para facilitarle la labor porque no puede hablar. ¿Pero qué clase de broma es esta? Así también me gano yo el sueldo. 

Estaba deliberando esto con la Bohemia y poniendo el caso de que algo así nos ocurriera en España, cuando empezó a sonar una alarma y una robótica voz en francés que daba instrucciones. Instrucciones que no entendíamos, pero la alarma que nos estaba dejando sordos traspasaba toda barrera idiomática, algo estaba pasando y nos teníamos que ir de clase YA. Mi profesora también lo tenía claro y agarraba su ordenador portátil como si no hubiera mañana con cara de pánico cuando todos estábamos saliendo al pasillo.

Minutos después, estábamos todos los erasmus desalojados fuera sin entender nada, acompañados de dos profesoras que tampoco se enteraban de mucho. "Algo pasó en la biblioteca", "un incendio en la biblioteca", se iban propagando frases como si del teléfono estropeado se tratase. Las siete de la tarde y un frío francés que en mi vida, yo casi prefería estar dentro al calorcito incendiario. Las profesoras decidieron que esperábamos 15 minutos más y entrábamos otra vez si no pasaba nada, nosotros decidimos que no íbamos a estar muriendo de hipotermia y nos fuimos.

Un incidente que lamento pero que nos libró de una hora más de clase. ¡Qué felicidad! Un mini susto y para casa. Instaladas en nuestro estudio, decidimos bajar un segundo para recoger una cosa en la casa de la familia. Tere iba delante mientras yo cerraba la puerta, cuando veo que baja y sube las escaleras como si estuviera batiendo algún record Guiness. La expresión de su cara era de absoluto pánico y entre dientes me dijo que me agachase. 

Desde lo alto de nuestras escaleras vi una araña del tamaño de una nuez. Miré a Tere, empezamos a gritar al unísono. Entramos corriendo en el estudio con un portazo. Seguimos gritando dentro dando saltos y abrazadas como si el fin del mundo estuviera llamando a la puerta. Haciendo balance de la gravedad del asunto y sabiendo que ninguna iba a tocar eso pero ni con un palo, llamamos a Flora, que estaba con Yusuke cenando. Lo que no entendíamos era como no habían salido a mirar lo que pasaba, porque los alaridos que estábamos dando no eran normales. Les dije que había una araña gigante en la pared y que tenía que hacer algo. Tere prefirió quedarse dentro medio lloriqueando y gritando sola. A mí me daba la risa, y cuando Flora se asomó y vio la araña las dos empezamos a gritar como locas. Se apagó la luz y todos gritamos. ¡Vaya cuadro!

Yusuke dijo que él se encargaba, le di una escoba y bajó las escaleras mientras Flora, Tere y yo nos quedábamos arriba, la araña se movió del sitio y en un parpadeo Tere ya estaba dentro del estudio gritando todavía más. "Que me mueeeero!", "ay por favorrrr"  era lo que se oía de mi compañera de piso desde el otro lado. Flora haciéndole fotos al pobre chico y yo agarrando a Flora para que no se cayera por las escaleras. Tere seguía gritando sola. Diez minutos después, la araña había desaparecido y Yusuke se había dado por vencido.

La cara de Tere cuando volví al estudio era un poema, estaba sentada en una silla como si hubiera visto a la muerte en persona y con la Blackberry en la mano como si fuera un arma de destrucción masiva. Tuve que darle la mala noticia de que no había cadáver de araña, se había ido. "¿Y si está en mi habitación?", me pregunta con voz débil, a mí me hacia muchísima gracia, aunque con sólo pensar en ver la araña otra vez me daba algo. De repente Tere me pregunta si tengo un gorro, le digo que sí, pero para qué lo quiere. Le doy uno y me dice "si tengo que bajar, no quiero que eso me toque la cabeza" y ataviada con un gorro y sin un trozo de piel al descubierto, coge una linterna y se pone un chubasquero por encima, para reforzar. 

Surrealista. ¡Me duele la tripa de reírme!

domingo, 4 de noviembre de 2012

París y ellas


Una semana de vacaciones, cinco amigas, cuatro días en París y un apartamento en Montmartre; todos los ingredientes para que sea una buena mezcla, y así fue.

Cuando supimos que teníamos una semana de vacaciones entera no lo dudamos, perfecto para un viaje express. Isagata, Raquel, Clara, Tere y yo nos fuimos a la “Ciudad de la Luz” dejando atrás a la Bohemia con mucha pena en el corazón, ya que se dio de baja en el último momento.

Tere y yo llegamos allí en covoiturage, es decir, compartiendo coche. Era la primera vez que utilizábamos este método y la verdad es que nos salió muy bien. Nos recogió una pareja joven y el trayecto fue de lo más ameno. Subidas a un Audi a4 con un perro y el maletero lleno de cosas tardamos algo más de dos horas en llegar a París. Tan bien les caímos (y nos cayeron, que fue recíproco) que nos invitaron a su casa de la Bretaña y nos animaron a organizar fines de semana con ellos para conocer más sitios de Francia.

Después del viajecito y de coger un par de metros, nos reunimos con el resto en el apartamento, que venían en tren con transbordo en Le Mans.

Los cuatro días se resumen en visita al Louvre, museo Rodin, Torre Eiffel de día y por la noche, Campos Elíseos, Notre Dame, Montmartre, basílica del Sagrado Corazón, Arco del Triunfo, barrio Latino, la Sorbona, obelisco, puente de Alejandro III, palacio de justicia, asamblea nacional, crêpes de nutella, galetes, "bah ouai", "me non", paragraph, rendez-vous, metro, metro, multa en el metro y un dolor de pies de campeonato.



No hemos disfrutado de la noche parisina más que de soirée en casa, el cansancio y los pies no nos dejaron hacer demasiado. El apartamento estaba genial, tenía de todo, hasta una guitarra con la que Clara nos amenizaba las veladas. Era gracioso estar todas allí en un piso de verdad, con su respectiva cocina, salón y baño.

Me he enamorado de París, ha desbancado a Londres como mi capital europea favorita (de las que conozco de momento). Tuvimos la suerte de que Clara y Raquel ya habían estado varias veces y nos organizaron un planning estupendo, no nos perdimos nada de lo imprescindible y tener guías-amigas es todo un lujo.

No podría decir qué es lo que más me ha gustado, quizás me quedo con el momento que decidimos pasarnos la parada de metro para ver la Torre Eiffel desde éste, ya que es una línea que va por fuera y fue como verla desde el “aire”. Me ha gustado la vida que tiene la ciudad, la grandeza y el movimiento que, evidentemente, no hay en Angers.



París tiene la majestuosidad que no he visto en Londres ni en Dublín y la serenidad que no tiene Roma. Me ha impactado su arquitectura majestuosa más que la de Praga y las orillas del Sena que bañan París no envidian a las del Danubio que empapa Budapest.
Una de las cosas por la que me ha gustado tanto París ha sido por la compañía, que también influye. Nunca he contado por aquí cómo son las personas con la que comparto mi experiencia Erasmus, salvo mi inseparable Tere. Así que este es el momento de describir un poco cómo son las guapitas con las que paso la mayor parte del tiempo.

No sé si yo seré la única que hace paralelismos con la gente que ya conoce, es decir, cada una de las personas que estoy conociendo aquí, me recuerdan a amigos que ya tengo, tanto como para decir “Clara es mi Sara Pereira del Erasmus”, y Sara Pereira es una de mis amigas de Santiago de toda la vida. Después de esta breve ida de olla, empiezo por ella:

Clara, una guapa vallisoletana estudiante de Historia y Ciencias de la Música. Nunca le faltará un libro que leer ni unas partituras que estudiar. Violín en mano se ha venido a Francia con la esperanza de mejorar su inmejorable nivel de francés. Chica sobresaliente donde las haya, podría ser la discípula de Arturo Pérez Reverte en la RAE. Apodada “la diplomática” por algunos (con cariño), Clara es el ejemplo claro del buen castellano de Castilla.

Se queja de que no tiene acento, que lo tiene, y le agobian los “días perdidos” sin hacer nada. Cocinillas y trabajadora, no se cansa de viajar por el mundo.
Ella ha sido una de nuestras guías, ha estado en París muchas veces y se nota. Estando en el Louvre cansadísimas, sentadas a los pies de la Victoria de Samotracia, aún tenía ánimos para contarnos la historia de su hallazgo y el valor que tenía dicha estatua.


 Clara, mi querida agapornis

La Bohemia, mi tocaya Andrea. Sevillana sin acento, madrileña de adopción. A través de unos ojos azules hipnóticos todo se tiene que ver mucho mejor, y los de la Bohemia son como un abismo, increíbles. Una rubia que no tiene ni un pelo de tonta pero que puede quedarse divagando mirando un arbusto, de ahí el sobrenombre. Que si las flores y la fauna, ella se muere de amor.

Proyecto de periodista, le gusta la fotografía y la moda. Coleccionista de Vogues y de Vans ahora se ha hecho dueña de una gata que ha llamado “Chloé”. El móvil, su Blackberry, mejor dicho, es una prolongación de su mano. La Bohemia es mi Laura Pintos particular, es tan entrañable y achuchable que me recuerda mucho a una de mis mejores amigas. Andrea tiene una cara de muñeca que no puede con ella, pero engaña mucho la apariencia tan dócil, por dentro es todo carácter.


La Bohemia

Isagata, Isabel Gata. Extremeña, de Segura de León, para ser exactos, y muy orgullosa de su poblado, como ella lo llama. Ha vivido los últimos años en Sevilla porque es donde estudia y aunque ella lo niegue, su acento es una mezcla de extremeño y sevillano que me encanta. Toda anécdota contada por Isagata tiene mucha más gracia y esto es así.

En proceso de formación para ser periodista, adicta a las noticias y a la actualidad en general, como su futura profesión demanda. Trabajadora como la que más, le ponen de los nervios las faltas de ortografía (ya somos dos). Todo el día con la sonrisa puesta es capaz de amenizarle el día a cualquiera. Que no falten Extremoduro, la Fuga, el vino ni el queso pehtozo en una buena fiesta.


Isagata

Raquel, madrileña en último año de arquitectura. Raquel es mi Sara Cid particular, con una mezcla de Leti, dos de mis amigas santiaguesas.
Con una risa super contagiosa es la alegría de la huerta. Una wey muy guay. Trabajadora y responsable sabe ponerle el toque sensato a disparatados asuntos. Filósofa de la salud mental (y yo fiel seguidora) Raquel sabe cortar por lo sano y disfrutar de todo al máximo.

Hablando en francés se le pone una vocecilla y un acento que no sabes si estás con una francesa o una española, pero con un “puta movida” o “al loro” se sale de toda duda. Con ella no faltan las risas.


Raquel

Teresa, mi inseparable compañera desde el minuto cero. Me hace gracia cuando nos preguntan si éramos amigas de antes, porque lo que éramos era auténticas desconocidas. Cómo han cambiado las cosas.

Mi pack de la coalición gallega, es de Vigo afincada en mi ciudad, Santiago de Compostela, pero nuestro vínculo es Pontevedra. Tere es una persona tan dulce y riquiña que es imposible no cogerle cariño. Generosa, trabajadora y con un don para ponernos de acuerdo. 

Cara angelical y personalidad como la que más, no deja indiferente. Somos como una especie de matrimonio, juntas en casa, en clase, para hacer la compra, en bici, en el bus, de cena, de fiesta, de viaje, de sobremesa asiática, de compras y de Lost. Payasa y entrañable irradia buen humor por todos los poros de su piel.


Tere

Es increíble lo rápido que pasa el tiempo aquí y lo cercanas que tengo a estas cinco personajas en tan sólo un par de meses, pero son cosas que sólo te explicas de Erasmus ;)

Besos a todos aquellos que seguís mis peripecias.