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domingo, 9 de agosto de 2015

Qué ver, qué hacer y qué no hacer en París

Hace unos días mi amiga Leti me escribió un mensaje anunciando que en septiembre iría a París con una amiga, y en el cual me pedía recomendaciones de qué ver en la ciudad un poco fuera de lo común y del circuito turístico.

Yo estuve una semana con mis amigas del Erasmus en noviembre del 2012, en el puente de Todos los Santos, y conocí un París gélido que me enamoró. Tuve la suerte de poder ir a visitar este mes a una de esas amigas que al final cambió Angers por París y allí me planté hace un par de fines de semana.

Otras de mis visitas más fugaces a la capital francesa fue para ir a la embajada española a tramitar mi salvoconducto (precisamente me acompañó mi amiga la que ahora vive en París, mi tocaya Andrea alias "La Bohemia") y la última vez para ponerle fin al Erasmus volando desde el aeropuerto Charles de Gaulle. Pero éstas dos últimas no voy ni a tenerlas en cuenta.

viernes, 4 de enero de 2013

Cómo sobrevivir al fin del mundo o cómo malvivir sin móvil

Poco falta para mi cumplemeses de incomunicación con el mundo exterior (sí, me encanta exagerar); el 8 de diciembre de 2012 se produjo el robo de mi bolso, y con ello un sinfín de infortunios más que todavía tengo que solventar, como la ausencia del dni. Para ser sinceros tampoco he llevado tan mal lo del móvil, al no tener tarifa de datos estando en Angers, al llegar aquí ha sido como ampliar mi estado de conectividad nulo.

Cuando mi avión aterrizó en Madrid el 17 de diciembre a las 10 de la noche, cogí mi portátil y el bolso y me metí en el bus que te lleva hasta la terminal como a un rebaño de ovejas guiadas por un pastor. Una vez asentada, muerta de sueño y de frío, no tenía nada más que hacer que fijarme en la gente que tenía alrededor. Al venir de París, los pasajeros del vuelo eran de lo más variopinto, gente joven que venían de Disneyland (las bolsas de regalos era lo que me decían a mí), parejas moñas de enamorados que pasan el fin de semana en la ciudad del amor, señores trajeados maletín en mano, ancianos, algunos perdidos como yo… de todo un poco, lo que tenían la mayoría en común en ese momento era su comportamiento.

Nada más subirme al bus empezaron a sonar pitidos de móviles por todos lados. “Tengo 18 notificaciones en Facebook”, “me han llegado 300 whatsapp”, “oh dios mío! doscientas llamadas perdidas de mi jefe!”. De repente era todo silencio, sólo interrumpido por melodías provenientes de los teléfonos. Ni un intercambio de palabras, cada uno ausente absorbido por una pantalla luminosa que parecía tener mucho más que ofrecer que el paisaje de luces con el que nos deleitaba Madrid esa noche de diciembre.

No voy a mentir, yo me sentí identificada con esa escena, porque si tuviera a mano mi móvil sería la primera en encenderlo aunque no tuviera motivo para hacerlo. Esa vez tenía razones para haberme ausentado del mundo con el teléfono, el vuelo llegaba con una hora de retraso y Marta estaba esperándome allí desde hacía un buen rato, debería llamarla para decirle que ya había llegado. A mi lado en el bus iba el típico que piensa que los móviles no acortan distancia entre las personas y necesita gritar, por si al del otro lado no le llegan bien las ondas, para que lo oiga igual, esté donde esté.

Después de haberme pasado las dos horas del vuelo durmiendo, con un microclima de 30 grados que nos torturaba, lo que menos me apetecía al salir de ese baño turco disfrazado de avión, era aguantar una conversación a gritos que no me importaba nada. El bus no arrancaba y estábamos todos dentro, yo seguía mirando para todos lados sin cortarme un pelo en disimular, me quedé un rato observando a dos parejas de aproximadamente 35 años. ¡Estaban compitiendo por ver quién tenía más cosas en el móvil después de la semana de vacaciones en Francia! Se notaba que el ego del que más notificaciones tenía se iba agrandando cada vez que la pantalla de su iPhone se iluminaba. Parecían adolescentes con un pavo encima que les aplastaba la cabeza, yo no daba crédito.

Nos agilipollamos con el exceso de comunicación: no hace falta saber lo que hace cada uno en cada momento; pero nos hemos creado esa necesidad absurda que no consigue más que controlarnos los unos a los otros. Cuando salió el rumor de que Whatsapp iba a quitar la famosa “última hora de conexión” estalló una guerra fría. Los amantes de este dato y los que votaban por su eliminación. A mí al principio me pareció mal que lo quisieran quitar, porque yo lo veo útil, por ejemplo cuando le escribes a alguien y ves que nunca jamás se conecta, pues coges y llamas, acabas antes y te aseguras de que el otro se entera de lo que quieres.

No es que puedas sacar mucha información con la última hora de conexión, porque ver que alguien se desconectó a las 6 de la mañana no implica que haya salido de fiesta y esa sea la hora a la que llegó a casa; simplemente pudo levantarse a por un vaso de agua en medio de un mal sueño o es que ha madrugado mucho. Pero a todos nos encanta pensar mal y llevar nuestros pensamientos al extremo que queremos, y esto es así.

No voy a venir yo ahora a dar lecciones de moral porque soy tan dependiente de la tecnología como antes de estar sin móvil, pero me he dado cuenta de lo prescindible que es en muchos sentidos porque estoy sufriendo la desconexión. Sin ir más lejos, mi padre no tiene móvil, por lo que soy consciente de que se puede vivir así. De acuerdo que esto hoy en día no es lo normal, pero su argumento es que no necesita estar localizable todo el tiempo, razón más que suficiente. Ahora me doy cuenta de esa decisión tan inteligente, eso sí, quítale el portátil e internet y a ver cómo lo lleva.

Seguro que yo llevaría peor el tener que prescindir de esto último; ya que me considero tecnológicamente dependiente de Internet, como herramienta de trabajo y como ocio, y por consiguiente del móvil también, porque ahora no tener tarifa de datos es como tener un teléfono obsoleto. Pero aborrezco la televisión, y cuando la enciendo recuerdo el por qué no la veo nunca. 

Creo que estamos sobrecomunicados y estamos olvidando la esencia de toda comunicación por el uso abusivo de los medios que nos mantienen "ahí" 24 horas al día. A mí como futura publicista esto es algo que me favorece, pero dejándolo al margen, en el fondo me da pena (por llamarlo de alguna forma) ver cómo van cambiando las cosas. A veces la tecnología no mejora sino que empeora.

Para terminar, una frase de Einstein a la que le llevo dando vueltas unos días, y una imagen graciosa y penosa a la vez.


"Temo el día en que la tecnología sobrepase nuestra 

humanidad: el mundo solo tendra una generación de idiotas"





lunes, 17 de diciembre de 2012

Lunes


Hoy es lunes, son las 15:42 y escribo desde Charles de Gaulle, uno de los aeropuertos principales de París. Este es el aspecto desolador que presenta la terminal 3. Es lo que tiene llegar con 4 horas de antelación.



Los lunes empiezan las semanas, es el día a partir del cual se comienzan a contabilizar los días y se hacen planes del estilo de “el lunes empiezo la dieta”, “ el lunes me pongo en serio con el trabajo”. Paradójicamente, para mí es como si ya se acabase la semana, que acaba de empezar. No sólo porque vuelvo a España, sino porque dejo atrás a personas que me gustaría meter en la maleta y que formasen parte de la vida que ahora voy a retomar…

Ayer adelanté lo que me pasó hace ya nueve días: me robaron el bolso.

Os prometo que en mi vida me habían robado nada, nunca he perdido un móvil ni he hecho un duplicado de la tarjeta sim, nunca me hizo falta llamar al número para cancelar las tarjetas de crédito…  hasta septiembre de 2012. Ya no puedo presumir de no haber sido nunca víctima de un robo ni de lo poco despistada que soy en cuanto a perder mis cosas.

Como me gusta mucho vivir al límite y experimentar momentos de infarto, a una semana de venir a Angers me robaron la cartera en Santiago. Indocumentada y con las interminables colas para hacer el dni, decidí irme a Pontevedra y sacármelo allí, ya que sin esta tarjeta de plástico no puedes ir a ningún sitio, y yo ya tenía mi vuelo comprado para venir a Francia.

Mi madre, sabia como toda madre (e lista como un allo), me recomendó que me hiciera el pasaporte también, porque lo tenía caducado desde 2009, pero yo que soy muy lista le dije que no, que con el dni era suficiente y que a mí no me habían robado nunca y eso era un mero hecho aislado. “¿Y si quieres ir a Turquía o a Rusia?” me preguntó ella, y yo le dije que si me pagaba esos viajes me sacaba el pasaporte dos veces si quería. Ante su rotunda negativa, renové el dni y pasé del pasaporte.

Después del robo en septiembre, el sábado pasado se repitió en Nantes. La Bohemia, Isagata y yo decidimos ir hasta allí a experimentar una nueva soirée, además que un chico de nuestra clase nos había recomendado encarecidamente la ciudad y teníamos ganas de ir. Como había que coger un tren para ir y otro para volver, decidí llevar dinero suficiente por el tan socorrido “por si acaso”. Mis amigas me invitaron a cenar a su casa para ir a la estación juntas y yo fui encantada, me metí el móvil en el bolso y el cargador, porque tenía la batería bajo mínimos, para enchufarlo un poco en su casa antes de salir y que sobreviviese durante toda la noche.

Cuando salgo en Angers, no me llevo demasiadas cosas en el bolso, porque no me hacen falta, pero esa noche era diferente, y como ya he dicho, el “por si acaso” me hizo llevar toda mi documentación y tarjetas de crédito. A eso de las 4 de la mañana, y en la puerta de Lieu Unique, un chico al que no me dio tiempo ni de verle la cara, me cogió el bolso y salió corriendo. En ese momento empezó la semana más larga y angustiosa de mi vida.

Me daba igual el bolso, me había costado 6 euros en su día en Primark, no me importaba, tampoco me importaba el móvil, ni el maquillaje chanel ni los guantes de piel ni los 50 euros que llevaba en la cartera. Yo sólo podía pensar en mi dni, tan nuevo, recién estrenado como quien dice. Sin dni no podía subirme a un avión y 9 días después ese era el plan que tenía.

Al borde de un ataque de nervios, el portero de la discoteca en cuestión, cogió por banda a una chica argentina que me llevó inmediatamente a la comisaría de Nantes en coche y me hizo de traductora. Yo todavía no me creía lo que me estaba pasando, OTRA VEZ. Pero esta vez la situación era mucho peor, en otro país y sin móvil, incomunicada, pobre e indocumentada. No podía dejar de pensar “la bronca que me va a caer cuando hable con mis padres va a ser épica” aunque en realidad sólo quería hablar con ellos para ver qué hacía con mi vida. En Nantes no me solucionaron nada porque no pude poner la denuncia, me faltaban datos que en ese momento no tenía, como el IMEI del móvil o los números de las tarjetas de crédito.

Este era el segundo problema en grado de importancia: las tarjetas. Tenía que anularlas a la de ya, sobre todo la española, la francesa no me preocupaba tanto. Me dieron un número para anularlas al que llamé cuando la argentina me llevó de vuelta a donde me esperaban mis amigas. El portero de la discoteca en la que estábamos nos dejó llamar desde allí, qué majo fue con nosotras, estuvimos muchísimo tiempo con él intentando arreglar algo. Después de que él hablase con una operadora francesa me pasaron con una que hablaba español, que no española. Y le conté la movida, le di mis datos y el nombre de los bancos y las cuentas de las que había que cancelar las tarjetas.

Mis dos amigas se portaron genial conmigo y me financiaron la vuelta a Angers y el respectivo bus a casa. Me metí en la cama sobre las 9 de la mañana y a las 12 y media estaba llamando a mis padres por skype. Entre el frío que tenía y el mar cuerpo por el robo, no dormí nada. Cuando les conté lo sucedido no daban crédito. Mi madre llamó para cancelar la línea de mi teléfono vodafone, y yo le dije que llamase a mi banco para asegurar que mi tarjeta estaba anulada, que no lo estaba. Cuando fui a Societe General para preguntar por el estado de mi tarjeta francesa, ésta tampoco estaba anulada.

El domingo por la tarde en Angers, fui con Clara y Tere hasta la comisaría para poner la denuncia con la que tendría que ir a la embajada española en París para que me hicieran un salvoconducto. Papel que permite volar a un extranjero a su país de origen sin un documento de identidad. Como me faltaban datos que no podía conseguir en el día, tuve que volver a la mañana siguiente, y ya por fin, con 3 hojas de denuncia en mano, podía ir a París a por el papel que me asegurase que no me iba a quedar retenida entre franceses.

La Bohemia me acompañó a París el jueves, ida y vuelta en covoiturage nos pasamos el día pateando la ciudad. A las 5 de la mañana estaba en pie para quedar con Andrea a las 6:15. El rdv (la quedada) con el conductor era a las 6:30 en la gare (en la estación) y allí estábamos debajo de mi paraguas fresa esperando puntuales. Llovía como si se fuera acabar el mundo, era 13 de diciembre, no 21, pero el cielo ese día proclamaba un holocausto. Llegamos a la ciudad del amor y estaba todo helado, hacía un frío que congelaba las neuronas. Y después de la lluvia que nos había caído encima en Angers, el frío se agudizaba.

Ya en el metro nos fuimos hasta la calle donde está el consulado español en París, el Boulevard Malesherbes. Lo encontramos sin problemas, la bandera que ondeaba en la fachada también ayudaba. Una vez allí presenté la denuncia y dos fotos y solicité el salvoconducto. Previa bronca del funcionario porque ninguna de las dos estábamos inscritas en la embajada como residentes en Francia, la Bohemia se puso a discutir con él sobre este trámite y yo quería suavizar las cosas, que me veía salir de allí sin el papel. Después de la reprimenda, cubrí una instancia y el señor entre risas al leer la denuncia me dijo “seguro que no le dijiste nada a tus padres de que fue en la puerta de una discoteca”. Yo levanté la cabeza mientras cubría el papel y le dije que obviamente mis padres estaban al tanto, que sino a ver de dónde sacaba yo dinero y recursos para presentarme en el consulado después de haber sido desplumada en segundos.

No compartí sus risas y me fui de allí alucinando e indignada, como si no hubiera tenido yo bastante. Esto fue a las 10 de la mañana, el señor de turno nos dijo que volviésemos a las 14:15, un cuarto de hora antes de cerrar, porque había que llamar a Madrid para que confirmasen mi identidad.

Salimos y nos fuimos a tomar un café, que sería importado directamente desde Colombia en un bunker de oro con diamantes incrustados. Vaya sablazo, me sentí timada como una guiri. Menos mal que en la cafetería hacía calorcito y volvimos a la vida en unos minutos. De vuelta al metro fuimos hasta el museo Pompidou, la fuente que está al lado estaba helada. Una vuelta por la calle Rivoli y entre tienda y tienda, era la hora de volver al consulado a recoger el papel.

Mi pase a la libertad duró segundos. El papel dice explícitamente que yo, quien digo ser Andrea Enríquez Cousiño, puedo volar únicamente a España, territorio nacional. Mi vuelo era a Oporto, Portugal, que aunque a mí me parezca que no, y no lo tenga en consideración, es otro país. La señora del consulado me dijo que me hiciera la loca y probase suerte. Estaba yo como para probar suerte, el papel expira el martes 18, así que antes de ese día tendría que coger un avión. La solución que me daba la simpática funcionaria era tentar a la suerte, y encima con Ryanair, que dejan en tierra a una señora por llevar un libro en la mano, me van a dejar a mí ir a Portugal sin dni y con un papel que sólo es válido para España. Claro que sí.

Yo le digo que entonces qué hago, que se supone que mi consulado es el que me tiene que dar una solución firme, no una probabilidad remota. La respuesta fue que me fuera en tren. Con lo bien comunicado que está Galicia igual llegaba en Nochebuena. Llamo a mi madre para decirle que tengo el papel y su alegría duró lo mismo que la mía cuando le dije que sólo servía para volar a España y yo iba a Oporto. Me fui directa al consulado portugués, ya que estaba en París había que agotar todas las posibilidades.

Andrea y yo nos plantamos allí y yo le expliqué a un señor trajeado lo que me pasaba en gallego-portugués-español. Él me entendió a pesar de mi castrapo y me dijo que fuera a hablar con la jefa, Madame Oliveira, a ver qué se podía hacer. Allá voy a la tercera planta, a hablar con la Madame, que aparte de no solucionarme nada, me atendió de una manera muy brusca. Le entregué mi salvoconducto y la tarjeta de embarque y lo primero que dijo fue “esto es un salvoconducto español”. Gracias señora, qué capacidad de observación tan brillante, anonadada me hallo ante tal descubrimiento. Si no fuese porque tenía las esperanzas puestas en ella para que me diera una solución, le hubiera dicho algo así, porque vamos, sudor y esfuerzo me costó conseguir el maldito papel. Después de la afirmación ante la naturaleza del documento, me dijo que si entraba en ese avión y aterrizaba en Oporto me podía quedar allí retenida.

Retenida en Portugal era mil veces peor que quedarme atrapada en Francia. Así que lo de ir al aeropuerto y plantarme en la puerta de embarque a probar suerte, no estaba entre mis planes. Yo ya estaba pensado en hacer una página web rollo www.andreaquierevolveracasaennavidad.com e irme con pancartas al aeropuerto para montar un escándalo y salir en los medios. Andrea que está haciendo periodismo me daba la aprobación.

La fría tarde de París y mi problema que no hacía más que agravarse por momentos, no me dejaba pensar con claridad. No le veía fin al asunto. Tanto dni electrónico, huella digital, tantas bases de datos, tanta informática y tanto ciudadano de la unión europea y allí estaba yo; sin ningún tipo de solución y sin poder coger un avión como si fuera una terrorista. Y todo por un tarjeta de plástico con un chip y una foto en blanco y negro escaneada.

Teníamos que coger el coche del covoiturage para volver a Angers a las 18:00 en la Plaza de Italia, eran las 18:10 y seguíamos en el metro, y sin cobertura. Cuando salimos a la superficie, llamamos al señor y nos fuimos directas a la puerta del McDonald’s donde nos dijo que nos esperaba. La Plaza de Italia es básicamente una rotonda y estacionar allí es imposible. Yo vi un Ford Fusion gris con las luces de emergencia justo delante del McDo, y el coche que ponía en la página web en el que íbamos a ir era un Ford gris grande, por lo que no lo dudé ni un segundo. Casi abriendo la puerta y subiéndome al vehículo, veo que el conductor y el copiloto son dos chicos de color que nada tienen que ver con la foto de covoiturage.fr, con la Bohemia riéndose a carcajada limpia, nos fuimos de allí como quien no quiere la cosa, al ver que no había ningún coche con las mismas características cerca, volvimos al de los negritos, Andrea les preguntó si eran los del covoit, y le dijeron que no. Casi nos subimos al coche equivocado. Ir en coche compartido es como una cita a ciegas.

Ya he dicho al principio que escribo desde el aeropuerto, por lo tanto es obvio que voy a coger un avión, pero he tenido que comprarme otro vuelo, a un destino nacional y con otra compañía. Porque además ryanair no deja volar con salvoconducto. Me salió la noche en Nantes redonda.

Toda la semana de peregrinación por comisarías, bancos, llamadas y trámites para cancelar cosas o volver a dar de alta otras. No me ha salido una úlcera de milagro. Cuando yo creía que no se podía tener más mala suerte en la vida, Murphy volvió a aparecer para que no me atreviese nunca más a subestimarlo.

El viernes pasado (hace tres días) venían a casa los de sinmaletas a buscar nuestras cajas para enviar a España. Teníamos que estar de 12 a 18 en casa, porque en ese intervalo vendrían. Llamamos antes para dar un número de contacto, ya que el que estaba era el mío robado, y para avisar de que la casa en la que vivimos nosotras es la que está detrás del chalet, que íbamos a estar pendientes, pero que lo tuviera en cuenta.

Eran las cinco y no había venido ni Perry. El teléfono tampoco había sonado, y bajamos a la casa a hablar con la familia. Nos abrió el señor y nos da un papel de sinmaletas que pone que un recogedor había pasado a las 16:15, y firmado como si no hubiera nadie en casa para atender el pedido. Tere llamó acto seguido para ver qué había pasado, porque además en la casa había gente, y le dijeron que volverían a por ellas, pero ahora el plazo se alargaba hasta las 19. Como no nos fiábamos del señor, nos plantamos en la puerta a hacer guardia, llegaron Flora y Frederick y se quedaron flipando. Para hacer todavía peor la situación, se puso a llover.

Al poco vimos aparecer un camión blanco, y el conductor parecía que buscaba algo, nos acercamos y era nuestro recogecajas! Casi lo abrazo cuando lo vi aparecer, pobre hombre, no sabía que le esperaban al final de unas escaleras horribles 6 cajas de 20 kilos cada una.

Volviendo al aeropuerto... cuando me decidí a pasar el control de seguridad iba acojonada por si me ponían pegas con el papel, que no podía ser, pero ya no tenía nada claro… estaba sacando el portátil de la maleta, la cámara, el bolso, el reloj etc, y la chica del control me pidió mi tarjeta de embarque, le di el folio que había impreso y me dijo que había un problema. Se me paró el corazón hasta que acabó la frase con “problema informático”. ¡Ay la vida, qué susto! Me dijo que fuera al mostrador de vueling para que me dieran otra tarjeta de embarque y que volviera luego, recogí mis 3 bandejas llenas de cosas y allí me fui.

La suerte parece que ha vuelto a ponerse de mi lado, porque me fui al mostrador y me atendió una chica muy maja, que me dio una tarjeta de embarque nueva. Me dijo que pesara la maleta, tuve otro mini infarto, ya que va cerrada a presión y mi estimación de peso sobrepasaba los 10 kilos... Y mi corazón volvió a la vida cuando vi en la báscula 9.8. Menos mal… de repente me dice, “¿quiere facturarla? Es gratis, va incluido”. ¿Gratis? No hizo falta que me lo repitiera dos veces. Llevo todo el día cargando con ella. Le pregunté si podía entrar con el portátil en la mano y me dijo que sí, así que he pasado el control de seguridad con mi papel de la felicidad (el salvoconducto) sin ningún tipo de problema y como una ejecutiva, con bolso y portátil. Igualito que Ryanair. Me da un poco de miedo porque va la réflex dentro, pero va envuelta en capas y con la funda, malo será.




Y esta ha sido la historia de mi infierno burocrático. He sobrevivido gracias a que tengo unas amigas que ya les gustaría a muchos y a mis padres, que también les gustaría a muchos. Me han tenido que salvar el culo como siempre. Si no fuera por ellos y por Isa, que me dejó su móvil, por Clara y Tere que me ayudaron con la denuncia, y por Andrea que me acompañó a París, quizás ahora estaría en Angers a la espera de ver qué pasa.

Y como todo acaba donde empieza, el sábado Tere y yo fuimos a cenar con Beatriz y su marido, la amiga francesa de mi madre que nos vino a recoger a la estación el día que llegamos, y quien nos invitó a comer el primer fin de semana que pasamos en Angers. Nos invitaron a una crepería estupenda y salimos de allí como si hubiera sido la comida de Navidad. Acto seguimos nos fuimos al Petit Château, a la última fiesta, dónde también fuimos a la primera.

Tere y yo con nuestra maleta de mano y sin apenas cosas porque las cajas están de camino a España, nos quedamos solas la última noche, como la primera. Ayer teníamos cena con Flora y Yusuke de despedida, pero se quedaron atrapados por la nieve (estaban de viaje) y no pudimos decirles adiós. Yo en parte me alegré un poco, un trámite doloroso que nos ahorrábamos. Le dejamos a la vecina china de abajo el regalo que le habíamos comprado a Flora y le hicimos un cartel que pegamos en su puerta, con una cortinilla de té incluida.

Y para cerrar todos los círculos, anoche dormimos juntas en la cama grande. La diferencia es que la primera vez era porque teníamos miedo y estábamos las dos como desamparadas ante lo desconocido. Ayer era por la morriña de tener que irnos. Aunque en parte nosotras tenemos suerte, yo a Tere la voy a ver en clase en Ponte y en Santiago, y vamos a sacarnos el carnet de conducir e ir juntas al gimnasio, así que no tengo queja, porque una persona fundamental de mi vida Erasmus se viene conmigo a mi vida de siempre. Me da muchísima rabia no haber podido volver juntas como era lo previsto, desde Tours hasta Oporto, y tener que irme desde París hasta Madrid para llegar a mi casa mañana... 

Por otro lado hay círculos que no se cierran, como las amistades que se hacen, y las que son siendo de Erasmus hay que vivirlas para entenderlas. Se me cae la lagrimilla escribiendo esto, no me preocupa demasiado porque en los aeropuertos siempre ves a gente que viaja sola, con cara triste, o con cara de felicidad. Quien sabe si porque deja a alguien atrás o porque va a reencontrarse con una persona especial. Yo tengo una mezcla de sentimientos rarísima, por los que dejo atrás y por las ganas que tengo de ver a los de siempre.

Hoy al subirme al coche para venir a París abrí la carta que me dio la Bohemia y no pude evitar sonreír al ver el interior del sobre: flores.



 El lunes que algo acaba y algo empieza.



domingo, 4 de noviembre de 2012

París y ellas


Una semana de vacaciones, cinco amigas, cuatro días en París y un apartamento en Montmartre; todos los ingredientes para que sea una buena mezcla, y así fue.

Cuando supimos que teníamos una semana de vacaciones entera no lo dudamos, perfecto para un viaje express. Isagata, Raquel, Clara, Tere y yo nos fuimos a la “Ciudad de la Luz” dejando atrás a la Bohemia con mucha pena en el corazón, ya que se dio de baja en el último momento.

Tere y yo llegamos allí en covoiturage, es decir, compartiendo coche. Era la primera vez que utilizábamos este método y la verdad es que nos salió muy bien. Nos recogió una pareja joven y el trayecto fue de lo más ameno. Subidas a un Audi a4 con un perro y el maletero lleno de cosas tardamos algo más de dos horas en llegar a París. Tan bien les caímos (y nos cayeron, que fue recíproco) que nos invitaron a su casa de la Bretaña y nos animaron a organizar fines de semana con ellos para conocer más sitios de Francia.

Después del viajecito y de coger un par de metros, nos reunimos con el resto en el apartamento, que venían en tren con transbordo en Le Mans.

Los cuatro días se resumen en visita al Louvre, museo Rodin, Torre Eiffel de día y por la noche, Campos Elíseos, Notre Dame, Montmartre, basílica del Sagrado Corazón, Arco del Triunfo, barrio Latino, la Sorbona, obelisco, puente de Alejandro III, palacio de justicia, asamblea nacional, crêpes de nutella, galetes, "bah ouai", "me non", paragraph, rendez-vous, metro, metro, multa en el metro y un dolor de pies de campeonato.



No hemos disfrutado de la noche parisina más que de soirée en casa, el cansancio y los pies no nos dejaron hacer demasiado. El apartamento estaba genial, tenía de todo, hasta una guitarra con la que Clara nos amenizaba las veladas. Era gracioso estar todas allí en un piso de verdad, con su respectiva cocina, salón y baño.

Me he enamorado de París, ha desbancado a Londres como mi capital europea favorita (de las que conozco de momento). Tuvimos la suerte de que Clara y Raquel ya habían estado varias veces y nos organizaron un planning estupendo, no nos perdimos nada de lo imprescindible y tener guías-amigas es todo un lujo.

No podría decir qué es lo que más me ha gustado, quizás me quedo con el momento que decidimos pasarnos la parada de metro para ver la Torre Eiffel desde éste, ya que es una línea que va por fuera y fue como verla desde el “aire”. Me ha gustado la vida que tiene la ciudad, la grandeza y el movimiento que, evidentemente, no hay en Angers.



París tiene la majestuosidad que no he visto en Londres ni en Dublín y la serenidad que no tiene Roma. Me ha impactado su arquitectura majestuosa más que la de Praga y las orillas del Sena que bañan París no envidian a las del Danubio que empapa Budapest.
Una de las cosas por la que me ha gustado tanto París ha sido por la compañía, que también influye. Nunca he contado por aquí cómo son las personas con la que comparto mi experiencia Erasmus, salvo mi inseparable Tere. Así que este es el momento de describir un poco cómo son las guapitas con las que paso la mayor parte del tiempo.

No sé si yo seré la única que hace paralelismos con la gente que ya conoce, es decir, cada una de las personas que estoy conociendo aquí, me recuerdan a amigos que ya tengo, tanto como para decir “Clara es mi Sara Pereira del Erasmus”, y Sara Pereira es una de mis amigas de Santiago de toda la vida. Después de esta breve ida de olla, empiezo por ella:

Clara, una guapa vallisoletana estudiante de Historia y Ciencias de la Música. Nunca le faltará un libro que leer ni unas partituras que estudiar. Violín en mano se ha venido a Francia con la esperanza de mejorar su inmejorable nivel de francés. Chica sobresaliente donde las haya, podría ser la discípula de Arturo Pérez Reverte en la RAE. Apodada “la diplomática” por algunos (con cariño), Clara es el ejemplo claro del buen castellano de Castilla.

Se queja de que no tiene acento, que lo tiene, y le agobian los “días perdidos” sin hacer nada. Cocinillas y trabajadora, no se cansa de viajar por el mundo.
Ella ha sido una de nuestras guías, ha estado en París muchas veces y se nota. Estando en el Louvre cansadísimas, sentadas a los pies de la Victoria de Samotracia, aún tenía ánimos para contarnos la historia de su hallazgo y el valor que tenía dicha estatua.


 Clara, mi querida agapornis

La Bohemia, mi tocaya Andrea. Sevillana sin acento, madrileña de adopción. A través de unos ojos azules hipnóticos todo se tiene que ver mucho mejor, y los de la Bohemia son como un abismo, increíbles. Una rubia que no tiene ni un pelo de tonta pero que puede quedarse divagando mirando un arbusto, de ahí el sobrenombre. Que si las flores y la fauna, ella se muere de amor.

Proyecto de periodista, le gusta la fotografía y la moda. Coleccionista de Vogues y de Vans ahora se ha hecho dueña de una gata que ha llamado “Chloé”. El móvil, su Blackberry, mejor dicho, es una prolongación de su mano. La Bohemia es mi Laura Pintos particular, es tan entrañable y achuchable que me recuerda mucho a una de mis mejores amigas. Andrea tiene una cara de muñeca que no puede con ella, pero engaña mucho la apariencia tan dócil, por dentro es todo carácter.


La Bohemia

Isagata, Isabel Gata. Extremeña, de Segura de León, para ser exactos, y muy orgullosa de su poblado, como ella lo llama. Ha vivido los últimos años en Sevilla porque es donde estudia y aunque ella lo niegue, su acento es una mezcla de extremeño y sevillano que me encanta. Toda anécdota contada por Isagata tiene mucha más gracia y esto es así.

En proceso de formación para ser periodista, adicta a las noticias y a la actualidad en general, como su futura profesión demanda. Trabajadora como la que más, le ponen de los nervios las faltas de ortografía (ya somos dos). Todo el día con la sonrisa puesta es capaz de amenizarle el día a cualquiera. Que no falten Extremoduro, la Fuga, el vino ni el queso pehtozo en una buena fiesta.


Isagata

Raquel, madrileña en último año de arquitectura. Raquel es mi Sara Cid particular, con una mezcla de Leti, dos de mis amigas santiaguesas.
Con una risa super contagiosa es la alegría de la huerta. Una wey muy guay. Trabajadora y responsable sabe ponerle el toque sensato a disparatados asuntos. Filósofa de la salud mental (y yo fiel seguidora) Raquel sabe cortar por lo sano y disfrutar de todo al máximo.

Hablando en francés se le pone una vocecilla y un acento que no sabes si estás con una francesa o una española, pero con un “puta movida” o “al loro” se sale de toda duda. Con ella no faltan las risas.


Raquel

Teresa, mi inseparable compañera desde el minuto cero. Me hace gracia cuando nos preguntan si éramos amigas de antes, porque lo que éramos era auténticas desconocidas. Cómo han cambiado las cosas.

Mi pack de la coalición gallega, es de Vigo afincada en mi ciudad, Santiago de Compostela, pero nuestro vínculo es Pontevedra. Tere es una persona tan dulce y riquiña que es imposible no cogerle cariño. Generosa, trabajadora y con un don para ponernos de acuerdo. 

Cara angelical y personalidad como la que más, no deja indiferente. Somos como una especie de matrimonio, juntas en casa, en clase, para hacer la compra, en bici, en el bus, de cena, de fiesta, de viaje, de sobremesa asiática, de compras y de Lost. Payasa y entrañable irradia buen humor por todos los poros de su piel.


Tere

Es increíble lo rápido que pasa el tiempo aquí y lo cercanas que tengo a estas cinco personajas en tan sólo un par de meses, pero son cosas que sólo te explicas de Erasmus ;)

Besos a todos aquellos que seguís mis peripecias.