lunes, 14 de enero de 2013

Galician road


¡He recuperado mi identidad y vuelvo a tener móvil! La identidad, por suerte, no la había perdido nunca, pero ahora tengo esa tarjetita de plástico que acredita que soy quien digo ser, es decir, tengo un bonito dni otra vez en mi cartera y ya no tengo que enseñar una fotocopia cada vez que pago algo con tarjeta. Y el móvil, pues bueno, para haber costado 0€ está muy bien.

La mañana que fui a hacerme el dichoso carnet de identidad a la comisaría de Santiago, aproveché para hacerme el pasaporte también, todo sea por el “por si acaso”, que la verdad no tengo planeado ningún viaje a otro continente (ojalá lo tuviera). Me dio muchísima pena renovarlo porque lo tenía sellado en dos páginas y ahora lo tengo vacío, como si no me hubiera movido de mi casita.

En fin, que me dejé allí una buena pasta sobre la mesa, y el funcionario que me atendió me dijo amablemente “vaya, veo que te habías sacado el dni en septiembre”, pues sí señor, me lo había hecho en septiembre y vuelvo en enero porque he decidido levantar el país pagando los 10 euros con 40 céntimos que cuesta este documento, como soy publicista (seré) me ha parecido una manera muy original de contribuir a las arcas del estado, y nada, aquí estoy de nuevo, apoquinando para ayudar con mi modesta pero reiterativa contribución, porque yo lo valgo, como L’Orèal. Obviamente no le dije eso, pero me dio tiempo a pensarlo y a que mi cara le transmitiese un poco de lo que pasaba por mi cabeza, ya sabéis que cuando quiero puedo ser borde como yo sola.

Con mis dos documentos nuevos en el bolso y después del madrugón, fuimos a desayunar al bar de enfrente para espabilar un poco; digo fuimos porque mi prima Marta se solidarizó con mi causa y me acompañó para hacerse el pasaporte ella también. El plan del día era irnos a Ézaro. A las 13:30 salía Sara de clase (mi otra prima) y nos íbamos las 3 en amor y compañía a hacer un poco de turismo pola terriña. Que la verdad, me da un poco de vergüenza no conocer sitios tan bonitos como es Ézaro (por decir uno de los mil que hay) y que están aquí al lado.

Desde aquí reivindico el turismo de “ida y vuelta” a sitios cercanos de Galicia, que los tenemos tan a mano que nos olvidamos de ellos. Como dato, y para que veáis la gravedad del asunto, la primera vez que pisé la catedral de Santiago (sí, la ciudad en la que vivo) fue cuando el colegio nos llevó allí porque era año santo, yo era muy pequeña, pero bueno, que mis padres jamás me habían llevado a conocer el interior de una de las catedrales más conocidas de España. ¿Por qué? porque como está aquí, y siempre estará, se le quita importancia, y al final esto es lo que pasa. Una vergüenza, que a ver, realmente no es culpa de nadie, yo era un moco que no levantaba ni medio palmo y mis padres la tienen tan vista que dieron por hecho que yo también, pero vamos, que a las pruebas me remito.

Para los que no sabéis dónde está Ézaro o es la primera vez que escucháis este nombre, os cuento un poco, o mejor, os pego aquí información de Turismo de Galicia, que controlan más del tema que yo:

Ézaro es un pequeño pueblo de la Costa da Morte, pertenece al Concello de Dumbria, y situado a poca distancia del pueblo del Pindo. En Ézaro se encuentra uno de los espectáculos naturales que podemos disfrutar en Galicia, el río Xallas es el único río de Europa que desemboca en cascada.


Desde el mirador además de divisar la cascada podemos ver el cabo de Finisterre y también contemplar el pueblo de Ézaro y su playa; al frente, la mole granítica del Monte do Pindo y el Monte Peñafiel. Se observa además la pared de la presa de Santa Uxía, que retiene las aguas del Xallas.


El sitio tiene todo lo necesario para que la visita sea de carácter obligatorio, por lo que después de recoger a Sara, nos pusimos en camino. Por ponerle un poco de emoción al viaje, Marta decidió no repostar hasta que estuviéramos enfiladas en la autovía, ya que había gasolina para 80 kilómetros, y de Santiago a Ézaro hay aproximadamente esa distancia. Ella de conductora, Sara detrás y yo de copiloto, que no soy de gran ayuda porque la verdad es que no me entero de nada, como no tengo el carnet de conducir (próximamente) eso de las carreteras, direcciones y demás no lo tengo muy controlado… total, que no hacía ni 500 metros que habíamos dejado atrás Compostela y de repente al coche se le da por acojonarnos, de 80 había pasado a 50 kilómetros, y bajando, cuando no habíamos recorrido esa distancia.

Por la autovía y ni rastro de una gasolinera, y a mí no me sonaba haber visto ninguna por allí. Marta no sabía si reír o llorar, se le veía en la cara. Apagamos la radio, quitamos el cargador del móvil y ella el pie del acelerador. 50, 40, 30, 25… ¿¿25 kilómetros?? Ya nos veíamos las 3 paradas en el arcén con los triángulos y toda la pesca, vamos, un comienzo de viaje cojonudo. Mi prima Sara está estudiando un curso de azafata de vuelo, y había salido de la escuela con el uniforme puesto, pañuelito y chapa incluida, por lo que Marta y yo nos partíamos, ya teníamos quien señalizase toda la maniobra como una profesional.

Cuando la cosa parecía que se estaba poniendo peor, llegaron las cuestas abajo y  empezaron a subir los kilómetros, acabamos con 70, y con el susto en el cuerpo. Cuando llegamos a la gasolinera salimos del coche para besar el suelo y abrazar al gasolinero de ese pueblo perdido al borde de una carretera secundaria, ¡pero qué alivio! Yo antes de llegar al paraíso en forma de gasolinera Galp sólo le decía a Marta “venga no me j**** con la suerte que tienes y lo positiva que eres esto no nos puede estar pasando” y de repente empezaron a aumentar los kilómetros. “¡Marta eres como Jesucristo! En vez de multiplicar los panes y los peces multiplicas gasolina! ¡Eres como un pozo de petróleo andante! ¡Vamos a ser ricas!” Estas tonterías las decía antes de llegar a la gasolinera, para que la mujer se animase un poco y quitarle hierro al asunto.

Después de llenar el depósito con este líquido tan preciado y de que Sara cambiase su uniforme de azafata por ropa normal, seguimos con nuestro camino. La señorita del gps nos llevó por las carreteras mas estrechas y perdidas que había, pero bueno, hay que conocer mundo, no? Aunque el plan era ir por la costa... al ir por el interior, cada vez que veíamos a algún paisano, pitábamos y nos saludaban todos contentos levantando lo que llevasen en la mano (siempre llevan algo, no falla). Todo verde y envolvente, Galicia calidade. 

Hice un vídeo para que se vieran las carreteritas por las que íbamos, al no tener nada con lo que sujetar el móvil, parece que tengo parkinson, pero no, tranquilos todos, es por el movimiento del coche.



Cuando llegamos al mirador de Ézaro no había nadie. Ningún coche aparcado, ni rastro de civilización. Sólo se escuchaba nada. Nos asomamos al paisaje que teníamos en frente; era increíblemente sobrecogedor. Había merecido la pena el susto, la recompensa dejaba al margen el percance gasolinero. Yo no sabía a qué hacerle fotos, lo veía todo tan grande y tan impresionante que cualquier disparo que hacía me parecía una basura. Las fotos que hice no me convencen demasiado, porque no cabe en una sola imagen la impresión que allí se vive y se ve. Las fotos que tengo son bonitas gracias a escenario donde están hechas.

Tan azul y tan verde que parece que no pueden existir otros colores sobre el horizonte. En sitios como el mirador de Ézaro te das cuenta de lo bonito que es Galicia, la paz del mar y el olor del aire que se respiran aquí no los hay en ningún otro sitio. Las tres solas ante el vacío de la grandeza más absoluta nos quedamos unos segundos en silencio, no había nada que decir.

Volvimos al coche y bajamos para ver la cascada. A mí personalmente me parecía mucho más espectacular en las fotos que había visto, pero aún así, es digna de ver. Estuvimos un rato por allí, cuando me di cuenta era yo la única que seguía haciendo fotos. Marta y Sara ya estaban sentadas en el coche, por lo que le puse la tapa a mi cámara y volví a ocupar el asiento de copiloto. De la cascada nos fuimos a comer a Cee, un pueblo que está al lado, ya que pasaba bastante de la hora de comer y las tripas se resentían. Cuando dimos por finalizada la visita nos pusimos en marcha y volvimos a Santiago, con una parada previa en el Corte Inglés antes de volver a casa.

Ahora que estaremos las tres en Galicia, estos “viajes de ida y vuelta” serán mucho más frecuentes (o eso espero). Así podré presumir todavía más del encanto de Galicia, pero con conocimiento de causa. Seguro que a muchos de los que me estáis leyendo os pasa lo mismo. Nos vamos fuera para ver cosas nuevas sin conocer las que tenemos aquí. No voy a negar que si me proponen ahora un viaje a Moscú yo no diré “ah no no, primero vamos a Foz que me han dicho que es precioso”. No llegaré a esos extremos, pero sí tengo más curiosidad que antes por saber todo lo que me estoy perdiendo cerca de mi casa.

Como siempre, y para no perder las costumbres, os dejo unas fotos que ilustran mis palabras, que yo tengo la firme opinión de que “una imagen vale más que mil palabras”. Juzgad vosotros mismos.



















































Hacía muchísimo viento y bastante frío, por lo que yo decidí ponerme manoplas y mi socorrido y calentito abrigo de "granjera busca esposo", como lo llamó mi amiga Eukene la primera vez que me lo puse en Tarragona. El día engañaba bastante, porque hacía sol, pero el aire estaba congelado. No estuvimos todo el tiempo que nos gustaría en el mirador por esta razón, dentro del coche al menos teníamos la nariz a una temperatura normal. Estuvo bien el día la verdad; yo me he quedado con las ganas de ir a la playa de las Catedrales, o alguna otra playa paradisíaca que tenemos por aquí.

Estas semanas han sido de lo más normalitas, mis amigos están todos encerrados en la biblioteca estudiando, y yo soy la única afortunada que no tiene exámenes. Aunque más que suertuda me siento una pringada. Con la gente ocupada mis planes se limitan a horarios de descanso y poco más. 

Se acabaron las navidades y llegaron las rebajas, cita que no me perdía nunca, salvo este año, que mi fiel compañera del primer día pidió la baja por tener que estudiar. Creo que desde que tengo uso de razón empezaba las rebajas con Cris (Pazos), ya tenemos la técnica pillada, ir con falda y de medias para no tener que entrar al probador a probarse nada, con bailarinas para no tener que atar y desatar cordones molestos y bolso grande para meter las bolsas pequeñas, y mientras una hace la larga y eterna cola, la otra rebusca gangas. Pero nada, este año ha muerto una tradición.

Antes de que mis amigas volvieran a sus respectivas ciudades universitarias o destinos erasmus, dando por finalizadas las vacaciones, quedamos todas para darnos los regalos del amigo invisible, entrañable tradición instaurada el año pasado; ya que nunca nos regalamos nada (somos así de cutres, para que luego se lleven la fama los catalanes) y la navidad es una fecha muy factible. Después de todas las navidades viendo a mis amigas por fascículos, el día del intercambio de regalos fue el más multitudinario, seguido por el de fin de año en casa de Ana para la foto de rigor (que para estar hecha con el iPhone 5 de la susodicha, es bastante mala).


Amigo invisible: yo, Laro, Natalia, Leti, Inés, Pereira, Pazos, Albi, Pintos, Sara, Nere y Bea

Fin de año: Inés, Leti, Belén, Laro, Mateo, Nere, Sara, Pazos, yo, Pintos, Ana y Pereira

La cosa estuvo bastante calmada en navidad por el tema de los exámenes que yo no tengo, la mayoría salimos en fin de año y unas cuantas en Reyes, que a mí por lo menos me parece mucho mejor noche para salir que la del último día del año, menos multitudinaria y al final te lo acabas pasando mejor. Ambas estuvieron muy bien, la verdad que yo no tengo queja de mis vacaciones salvo la cita previa que pido para ver a la gente que está chapando.

Reyes: yo, Nere, Leti y Mateo

Reyes: yo, Pintos, Pereira, Leti e Inés

Reyes: Pichis, Nere, Leti, Sebas, yo e Inés

Yo por mi parte he estado acabando los trabajos que tengo que enviar a Angers, que no tengo exámenes, pero tampoco estoy de brazos cruzados. El viernes tuve el placer de quedar con Tere para esta laboriosa tarea. Mañana en la biblioteca y después ir a comer con ella y con Javi. Fue super raro estar con ellos aquí, en Santiago, pero muy bien la verdad. Es genial tener a Tere cerca, el bajón post-erasmus se hace más llevadero. Y más cuando Clara, Isa y la Bohemia están en Angers otra vez... 

Esta tarde quería haber ido al Centro de Arte Contemporánea (sí, en femenino, que está en gallego) con un amigo a ver la exposición "Vibracións prohibidas" pero los lunes está cerrado. Para los que estéis en Santiago y os apetezca un plan cultural, este está muy bien, y para los que no, dejo el enlace aquí por si tenéis curiosidad u os apetece saber de qué va la cosa.

Mañana me toca volver a Pontevedra, a hacerme la foto de la orla y a clase. Todos los martes tengo clase de la única asignatura de este cuatrimestre, así que vuelta a la vida que dejé allí en el 2011. Mi amiga Mar está este curso de séneca en Salamanca y fue a hacerse la foto el otro día al estudio en Vigo, me la pasó por whatsapp y fue verla con la toga y se me encogió la vida, aún me acuerdo del día que la conocí, en septiembre de 2009. Y verla tan "mayor" de repente y con esa sonrisa de foto me impresionó un poco.

Cómo pasa el tiempo, y qué rápido parece que se "acaba" todo (entre comillas, porque lo que realmente acaba es de empezar, nuestra vida laboral digo). Y con esto pongo punto y final al post de hoy, espero que os haya gustado y que pongáis en práctica el consejo de aprovechar los sitios que tenemos cerca. Que nos estamos perdiendo muchas cosas a las que no le damos importancia por pura pereza.


sábado, 12 de enero de 2013

Que no puede ser evitado, eludido o detenido


Inevitable, como el miedo que entra al atravesar el pasillo de madrugada, ese miedo que por unos segundos te paraliza y hace que corras hasta llegar a la puerta de tu habitación y aferrarte al picaporte, como si al otro lado de la puerta estuviera la salvación a eso que no existe y que tu cerebro ha querido inventarse para poner tu mente a prueba.

Inevitable, como ponerse el auricular con la R en la oreja izquierda y la L en la derecha, como la caída de la tostada por el lado de la mantequilla y como la pérdida del autobús, que se aleja mientras te quedas plantado en la parada con la única solución de empezar a caminar bajo la lluvia de una tarde de invierno. Imposible escapar de la ley de Murphy.

Inevitable, como coger el bolígrafo azul pensando que es el negro y que no pinte,  como saludar por la calle sin voz, con un “adiós” sin fuerza que sale del fondo de las entrañas. Como el viento que le da la vuelta a tu paraguas plegable o el semáforo que se pone en rojo cuando tienes prisa y ya has empezado a cruzar. Inevitable como el plazo que se pasó, el examen para el que no estudiaste lo suficiente o el plan al que nunca llegaste a tiempo. La película a medio empezar y los créditos sin terminar cuando abandonas la sala del cine al que hace mucho que no vas.

Inevitable como que la gente que viene y está, se va. Como que cambia y te cambia. Que creces y cambias, tú y los que están ahí. Sin casi darte cuenta esa canción que te gustaba tanto suena absurda, tu película favorita sigue siendo la misma, no es tan fácil cambiar algo que te marca. Marcas en la piel, en el alma, porque, ¿de qué estamos hechos sino? De tiempo y de marcas que van dejando experiencias a las que acudirás a buscar consejo dentro de unos años.

Inevitable como el miedo al dentista, al dolor, a la ausencia y al adiós, que siempre viene sin previo aviso. Como el número de teléfono que te sabes de memoria y que nunca marcas, pero que está ahí para confundirse con el tuyo cuando te lo piden. Como la inspiración de madrugada o el sueño del que madruga. Como intentar retener el tiempo entre las manos y la lágrima que lucha por caer.

Inevitable como el momento de las despedidas, algunas para siempre, otras se resumen en un “hasta luego” que te deja el cuerpo helado, como si una parte de ti se la llevase la otra persona, sin tener la decencia de pedir permiso. Como el beso perdido en un quizás o el abrazo que acaba en llanto. Aeropuertos, estaciones de tren o paradas de metro que separan con kilómetros de momentos que no vuelven.

Inevitable como la ignorancia del que habla sin saber o el que contesta con la impertinencia de un maleducado que presume de buenos modales. Como la lluvia que se cuela en tus zapatos y como la sonrisa del que descubre algo por primera vez (o el que lo disfruta por última). Como los propósitos de año nuevo que mueren con la misma rapidez con la que han llegado.

Inevitable como los nervios ante lo desconocido, o como la tranquilidad que da el mar, tan misterioso y tan envolvente, tan relajante e inquietante a la vez. Como el nombre que se te viene a la cabeza cuando pasas por esa calle y como la risa floja del momento tonto del día. Imposible detener un estornudo o un sentimiento que te aprisiona el pecho y no tiene escapatoria.

Inevitable como las casualidades, los encuentros y las horas hasta el amanecer llenas de ruido y luces que te nublan la vista bajo un cielo iluminado por la luna, brillante y ausente; luna que parece que atrapas entre los dedos mientras guiñas un ojo, cuando está tan lejos que a su lado no existes. Como la vuelta a casa, al olor de lo cotidiano y a la comodidad de lo familiar, que está ahí aunque tú no lo estés.

Inevitable como querer saberlo todo de ti, de tu vida, de tus intereses, tus inquietudes, tus problemas, tus preocupaciones, tus vicios, tus manías, tus metas y tus miedos; para guardarlos con los míos bajo llave.  Inevitable como el egoísmo que se siente cuando no quieres compartir a alguien, cuando quieres tener el poder de robarle el sueño.

Inevitable como esa sensación de déjà vu que te transporta al pasado que fue futuro y ahora es presente. Que hace que no entiendas nada pero que no te importe, porque si todo está bien, ¿qué más da eso de entender? Lo racional para quien le guste, para el que no tenga impulsos y no se fíe de su instinto. Para el que estudia cada movimiento y piensa cada jugada.

Inevitable como esa conexión extraña que parece que lleva ahí años, extraña en la totalidad de la palabra y con toda la esencia de la parte positiva que desprende. Inevitable como echar de más lo que antes echabas de menos y echar de menos a los que no conocías.

Inevitable lo que no se puede (ni se quiere) evitar.



viernes, 4 de enero de 2013

Cómo sobrevivir al fin del mundo o cómo malvivir sin móvil

Poco falta para mi cumplemeses de incomunicación con el mundo exterior (sí, me encanta exagerar); el 8 de diciembre de 2012 se produjo el robo de mi bolso, y con ello un sinfín de infortunios más que todavía tengo que solventar, como la ausencia del dni. Para ser sinceros tampoco he llevado tan mal lo del móvil, al no tener tarifa de datos estando en Angers, al llegar aquí ha sido como ampliar mi estado de conectividad nulo.

Cuando mi avión aterrizó en Madrid el 17 de diciembre a las 10 de la noche, cogí mi portátil y el bolso y me metí en el bus que te lleva hasta la terminal como a un rebaño de ovejas guiadas por un pastor. Una vez asentada, muerta de sueño y de frío, no tenía nada más que hacer que fijarme en la gente que tenía alrededor. Al venir de París, los pasajeros del vuelo eran de lo más variopinto, gente joven que venían de Disneyland (las bolsas de regalos era lo que me decían a mí), parejas moñas de enamorados que pasan el fin de semana en la ciudad del amor, señores trajeados maletín en mano, ancianos, algunos perdidos como yo… de todo un poco, lo que tenían la mayoría en común en ese momento era su comportamiento.

Nada más subirme al bus empezaron a sonar pitidos de móviles por todos lados. “Tengo 18 notificaciones en Facebook”, “me han llegado 300 whatsapp”, “oh dios mío! doscientas llamadas perdidas de mi jefe!”. De repente era todo silencio, sólo interrumpido por melodías provenientes de los teléfonos. Ni un intercambio de palabras, cada uno ausente absorbido por una pantalla luminosa que parecía tener mucho más que ofrecer que el paisaje de luces con el que nos deleitaba Madrid esa noche de diciembre.

No voy a mentir, yo me sentí identificada con esa escena, porque si tuviera a mano mi móvil sería la primera en encenderlo aunque no tuviera motivo para hacerlo. Esa vez tenía razones para haberme ausentado del mundo con el teléfono, el vuelo llegaba con una hora de retraso y Marta estaba esperándome allí desde hacía un buen rato, debería llamarla para decirle que ya había llegado. A mi lado en el bus iba el típico que piensa que los móviles no acortan distancia entre las personas y necesita gritar, por si al del otro lado no le llegan bien las ondas, para que lo oiga igual, esté donde esté.

Después de haberme pasado las dos horas del vuelo durmiendo, con un microclima de 30 grados que nos torturaba, lo que menos me apetecía al salir de ese baño turco disfrazado de avión, era aguantar una conversación a gritos que no me importaba nada. El bus no arrancaba y estábamos todos dentro, yo seguía mirando para todos lados sin cortarme un pelo en disimular, me quedé un rato observando a dos parejas de aproximadamente 35 años. ¡Estaban compitiendo por ver quién tenía más cosas en el móvil después de la semana de vacaciones en Francia! Se notaba que el ego del que más notificaciones tenía se iba agrandando cada vez que la pantalla de su iPhone se iluminaba. Parecían adolescentes con un pavo encima que les aplastaba la cabeza, yo no daba crédito.

Nos agilipollamos con el exceso de comunicación: no hace falta saber lo que hace cada uno en cada momento; pero nos hemos creado esa necesidad absurda que no consigue más que controlarnos los unos a los otros. Cuando salió el rumor de que Whatsapp iba a quitar la famosa “última hora de conexión” estalló una guerra fría. Los amantes de este dato y los que votaban por su eliminación. A mí al principio me pareció mal que lo quisieran quitar, porque yo lo veo útil, por ejemplo cuando le escribes a alguien y ves que nunca jamás se conecta, pues coges y llamas, acabas antes y te aseguras de que el otro se entera de lo que quieres.

No es que puedas sacar mucha información con la última hora de conexión, porque ver que alguien se desconectó a las 6 de la mañana no implica que haya salido de fiesta y esa sea la hora a la que llegó a casa; simplemente pudo levantarse a por un vaso de agua en medio de un mal sueño o es que ha madrugado mucho. Pero a todos nos encanta pensar mal y llevar nuestros pensamientos al extremo que queremos, y esto es así.

No voy a venir yo ahora a dar lecciones de moral porque soy tan dependiente de la tecnología como antes de estar sin móvil, pero me he dado cuenta de lo prescindible que es en muchos sentidos porque estoy sufriendo la desconexión. Sin ir más lejos, mi padre no tiene móvil, por lo que soy consciente de que se puede vivir así. De acuerdo que esto hoy en día no es lo normal, pero su argumento es que no necesita estar localizable todo el tiempo, razón más que suficiente. Ahora me doy cuenta de esa decisión tan inteligente, eso sí, quítale el portátil e internet y a ver cómo lo lleva.

Seguro que yo llevaría peor el tener que prescindir de esto último; ya que me considero tecnológicamente dependiente de Internet, como herramienta de trabajo y como ocio, y por consiguiente del móvil también, porque ahora no tener tarifa de datos es como tener un teléfono obsoleto. Pero aborrezco la televisión, y cuando la enciendo recuerdo el por qué no la veo nunca. 

Creo que estamos sobrecomunicados y estamos olvidando la esencia de toda comunicación por el uso abusivo de los medios que nos mantienen "ahí" 24 horas al día. A mí como futura publicista esto es algo que me favorece, pero dejándolo al margen, en el fondo me da pena (por llamarlo de alguna forma) ver cómo van cambiando las cosas. A veces la tecnología no mejora sino que empeora.

Para terminar, una frase de Einstein a la que le llevo dando vueltas unos días, y una imagen graciosa y penosa a la vez.


"Temo el día en que la tecnología sobrepase nuestra 

humanidad: el mundo solo tendra una generación de idiotas"





miércoles, 2 de enero de 2013

Fotoresumen


Para no engañarme a mí misma voy a ahorrarme eso de los propósitos de año nuevo, que son más falsos que la eterna juventud de Isabel Preysler; pero en su lugar tengo muchos planes que ocuparán la mayoría de mi tiempo, poco a poco los iré desvelando... ;)

Sería muy egoísta por mi parte pedirle al 2013 que sea mejor que el 2012, porque creo que no se puede superar, pero nunca se sabe! Gracias a todos aquellos que hicisteis del año en el que se acababa el mundo uno de los mejores de mi vida, al que no le han faltado experiencias, viajes y nuevas amistades.






































Sed felices