Mostrando entradas con la etiqueta Galicia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Galicia. Mostrar todas las entradas

sábado, 25 de abril de 2015

Así es crecer en Santiago de Compostela

Me gusta mucho la revista Vice, supongo que la conocéis, además mola porque la edición impresa es gratuita y siempre publica cosas interesantes. La versión digital es más completa, incluye un mayor número de contenidos; una de las secciones que suelo leer es la de "Así es crecer en...", ya han publicado Coruña y Ourense (de las ciudades gallegas), pero también podéis leer Salamanca, Madrid, Murcia y un largo etcétera.

Mientras espero en el aeropuerto en la zona M1 del Prat a embarcar en el avión que me llevará de vuelta a mi ciudad me he animado a escribir mi propia versión de "Así es crecer en Santiago de Compostela", quizás porque cuando estoy en Barcelona echo de menos un poco la tranquilidad de mi casa y prescindir del metro para ir a trabajar.

Santiago es la capital de Galicia, la mayoría de la gente la conoce porque siempre llueve, por la Catedral (preciosa, por cierto) y por el camino de Santiago. Lluvia y religión no es un buen comienzo para labrarse una buena fama, creo yo, pero a pesar de todo los picheleiros (que es como se le llama a los santiagueses) le tenemos mucho cariño, y cuantas más ciudades visitamos más cuenta nos damos de lo bonito y único que es nuestro Santiaguiño. 

domingo, 17 de febrero de 2013

Visitas en Compostela


El 30 de enero llegaba desde Valladolid en tren Clara, y días después, el 1 de febrero aterrizaba Flora en Oporto para pasar 10 días en Galicia. Debido a que nuestra querida amiga taiwanesa hace 200 fotos por minuto, tenemos cada segundo fotografiado. Y cuando digo cada segundo, es exactamente eso. Fotos en el desayuno, en la comida, en la cena, mañana, tarde y noche. Exagerado, yo me sentía como una famosa acosada por un paparazzi todo el día.

Clara llegaba un miércoles, qué nervios antes de verla. Cuando Tere y yo cruzamos la puerta de la estación de Santiago y la vimos allí era tan raro y tan genial a la vez… me encantaba estar en el coche y escuchar sus historias con ese acento vallisoletano tan guay ;). El jueves salimos por aquí y fuimos a una fiesta con mis amigas Alba y Sara, y demás amigas de Alba. Al día siguiente mi prima Sara venía a comer porque tenía que coger el tren pronto, y fue ella quien nos sacó de la cama a golpe de telefonillo. Comimos con toda la calma, Sara se fue a Orense y nosotras nos fuimos las 3 en amor y compañía (y mucho sueño) a Vigo para recoger a Flora. Su vuelo era a Oporto y desde allí tenía que ir a Vigo.

En el tren coincidimos con Antonio, el hermano pequeño de Tere, que se iba a entrenar a Pontevedra, y a la llegada nos esperaba Javi en coche para ir a la playa (el día no acompañaba demasiado, pero eso no importa). Al ser viernes el tren venía llenísimo, y tuvimos que luchar para conseguir la mesa de 4 libre. Cuando estábamos esperando para subir un chico se resbaló y se cayó, vaya momentazo, fue imposible aguantarse la risa, aunque ahora que lo estoy escribiendo suena a crueldad, pero ya se sabe, cuando se te cae el móvil o una copa que acabas de pedir, ni puta gracia, pero una caída de un amigo son las risas, y de un desconocido aún más.

Javi y Tere nos hicieron de guías en Vigo, y antes de estar allí de paseo, fuimos hasta Samil. A pesar del viento y de que empezó a llover, no se podía estar mejor. Flora llegó tarde, por lo que perdimos el tren que teníamos previsto coger, y al final llegamos a Santiago a las 12 de la noche. Con una parada previa en mi casa para coger nuestras cosas, al final a la 1:30 estábamos todos en casa de Tere. Cenando tardísimo nos fuimos a dormir a las mil y una. Flora estaba cansada por el viaje, y nosotras 3 muertas de haber salido el día anterior.

Voy a tener que hacer memoria para recordar el acontecimiento de las cosas, porque hicimos tantísimas que las tengo un poco revueltas en mi mente. El primer finde lo pasamos de okupas en casa de Tere, con su familia y con unos horarios rarísimos y de lo más atípicos por las circunstancias, levantándonos tarde, cenando tardísimo y acostándonos a unas horas como si hubiésemos salido de fiesta. Flora flipaba porque pensaba que eso era lo normal, cenar a la 1 de la mañana y acostarse a las 4… no dejaba de repetir “spanish people are insane” (los españoles estáis locos).

Ese fin de semana comimos allí, creo que nunca había probado una comida tan genial como la que hizo Belén, la madre de Tere, para que Flora y Clara probasen todas y cada una de las delicias da terriña. Empanada, cocido, pulpo, marisco… ya os imagináis, buenísimo!

Esos días estuvimos en Santiago, callejeando y de bar en bar, era gracioso ser guiri-guía en mi propia ciudad y hacer las típicas fotos en la catedral y por la zona vieja. Sobre todo con Flora, que entró en algunas tiendas de souvenirs del Franco, en las que yo jamás había puesto un pie. Pero ella no podía prescindir de comprar 20 postales y una “llave de la puerta Santa” (una horterada). Lo mejor era explicarle (en inglés, he ahí el dato) la historia de la ciudad, lo que era el botafumeiro y estas cosas, para mí tan cotidianas. Cada vez que cambiábamos de bar, Flora preguntaba sorprendida, “¿pero a un bar? ¿otra vez?”, está claro que la vida española es muy callejera, porque nuestra taiwanesa no dejaba de sorprenderse del ritmo de comer y beber que llevamos.

El domingo por la tarde vino mi prima Marta a buscarnos a casa de Tere y nos llevó a las cuatro a la playa del Vilar, a Cabío y a la Puebla; entre el mar y la arena pasamos el día. El lunes comimos todas en mi casa y por la tarde fuimos a la Ciudad de la Cultura, yo era la segunda vez que iba, y cuando fui la primera no estaba todo acabado, así que era un poco novedad para todas. Después de toda la tarde haciendo fotos por allí, se hizo de noche y nos fuimos al Momo, que me apetecía que estuvieran en uno de mis bares favoritos de Santiago. Tere tampoco había estado nunca, y les gustó mucho a las tres. Post-Momo nos fuimos al Luis, que los lunes ponen sándwich de tapa y había que aprovechar la coyuntura.

El martes nos fuimos a Coruña en amor y compañía porque Santiago ya lo teníamos más que visto, al menos lo típico, y por cambiar un poco de aires. Compras en la Plaza de Lugo, paseo y café en la calle Real, visita a la Domus, fotos por el paseo, y Torre de Hércules, acabamos muertas. El día no acompañaba demasiado pero lo aprovechamos al máximo. Al día siguiente se iba Clara a las 4 y comimos con una amiga de Tere que también estudia publicidad, despedimos a nuestra galleguiña de adopción en la estación y nos fuimos directas al parque de Belvís, museo de arte contemporáneo y Bonaval, paraguas en mano.

Flora se vino para mi casa el jueves por la mañana, ya que había estado en la de Tere desde que llegó. La llevé a las Cancelas porque quería ir de compras, ya habíamos ido con ella días antes y se había comprado medio Zara, pero le parecía poco y tuvimos que repetir 4 días más. Desde su aterrizaje hasta el despegue de vuelta a Francia se hizo con un abrigo, una cazadora, una chaqueta de vestir, tres jerseys, dos pantalones, tres vestidos, dos pares de botas y un bolsazo de Bimba&Lola que ya me gustaría a mí. Zara, Stradivarius, Pull&Bear, Seijas y la ya citada Bimba&Lola, fueron sus compras estrella, todo “made in Spain”. Nosotras no dábamos crédito, y yo sólo podía preguntarme cómo iba a hacer para volver con todo lo que se había comprado, ya que volaba con Ryanair (ya os adelanto que tuvo que pagar los 50€ de rigor…).

Por la tarde nos fuimos a Padrón a casa de mi abuela, a la que conoció, además de a mis primas Sara y Marta. Estuvimos de paseo, haciendo fotos y de charla en casa. El viernes mi madre hizo paella para comer, y Flora feliz de la vida. Le hizo una foto hasta al azafrán. Ese día volvió con Tere a su casa, después de pasar la tarde las 3 juntas tomando algo. Al día siguiente, sábado, Flora, Tere y Ana, la hermana de Tere, bajaron al centro y quedé con ellas, nuestra amiga taiwanesa siguió con sus compras. Esa noche yo salí con mis amigas en Santiago, ya que era carnaval, y en casa de Tere se celebró el fin de año chino.

Al día siguiente me despedí de Flora, ya que se iba con Tere a Vigo para poner punto y final a su estancia en Galicia. No tengo ni idea de cuándo nos volveremos a ver, yo por mi parte empezaré a ahorrar para ir a Taiwan… Fueron 10 días en los que hubo de todo, con tres amigas que conocí de Erasmus y con las que conviví apenas cuatro meses, pero que tengo muy presentes.

Si es que así se lleva un poco mejor la morriña post-erasmus. 










































Os echo de menos.

lunes, 14 de enero de 2013

Galician road


¡He recuperado mi identidad y vuelvo a tener móvil! La identidad, por suerte, no la había perdido nunca, pero ahora tengo esa tarjetita de plástico que acredita que soy quien digo ser, es decir, tengo un bonito dni otra vez en mi cartera y ya no tengo que enseñar una fotocopia cada vez que pago algo con tarjeta. Y el móvil, pues bueno, para haber costado 0€ está muy bien.

La mañana que fui a hacerme el dichoso carnet de identidad a la comisaría de Santiago, aproveché para hacerme el pasaporte también, todo sea por el “por si acaso”, que la verdad no tengo planeado ningún viaje a otro continente (ojalá lo tuviera). Me dio muchísima pena renovarlo porque lo tenía sellado en dos páginas y ahora lo tengo vacío, como si no me hubiera movido de mi casita.

En fin, que me dejé allí una buena pasta sobre la mesa, y el funcionario que me atendió me dijo amablemente “vaya, veo que te habías sacado el dni en septiembre”, pues sí señor, me lo había hecho en septiembre y vuelvo en enero porque he decidido levantar el país pagando los 10 euros con 40 céntimos que cuesta este documento, como soy publicista (seré) me ha parecido una manera muy original de contribuir a las arcas del estado, y nada, aquí estoy de nuevo, apoquinando para ayudar con mi modesta pero reiterativa contribución, porque yo lo valgo, como L’Orèal. Obviamente no le dije eso, pero me dio tiempo a pensarlo y a que mi cara le transmitiese un poco de lo que pasaba por mi cabeza, ya sabéis que cuando quiero puedo ser borde como yo sola.

Con mis dos documentos nuevos en el bolso y después del madrugón, fuimos a desayunar al bar de enfrente para espabilar un poco; digo fuimos porque mi prima Marta se solidarizó con mi causa y me acompañó para hacerse el pasaporte ella también. El plan del día era irnos a Ézaro. A las 13:30 salía Sara de clase (mi otra prima) y nos íbamos las 3 en amor y compañía a hacer un poco de turismo pola terriña. Que la verdad, me da un poco de vergüenza no conocer sitios tan bonitos como es Ézaro (por decir uno de los mil que hay) y que están aquí al lado.

Desde aquí reivindico el turismo de “ida y vuelta” a sitios cercanos de Galicia, que los tenemos tan a mano que nos olvidamos de ellos. Como dato, y para que veáis la gravedad del asunto, la primera vez que pisé la catedral de Santiago (sí, la ciudad en la que vivo) fue cuando el colegio nos llevó allí porque era año santo, yo era muy pequeña, pero bueno, que mis padres jamás me habían llevado a conocer el interior de una de las catedrales más conocidas de España. ¿Por qué? porque como está aquí, y siempre estará, se le quita importancia, y al final esto es lo que pasa. Una vergüenza, que a ver, realmente no es culpa de nadie, yo era un moco que no levantaba ni medio palmo y mis padres la tienen tan vista que dieron por hecho que yo también, pero vamos, que a las pruebas me remito.

Para los que no sabéis dónde está Ézaro o es la primera vez que escucháis este nombre, os cuento un poco, o mejor, os pego aquí información de Turismo de Galicia, que controlan más del tema que yo:

Ézaro es un pequeño pueblo de la Costa da Morte, pertenece al Concello de Dumbria, y situado a poca distancia del pueblo del Pindo. En Ézaro se encuentra uno de los espectáculos naturales que podemos disfrutar en Galicia, el río Xallas es el único río de Europa que desemboca en cascada.


Desde el mirador además de divisar la cascada podemos ver el cabo de Finisterre y también contemplar el pueblo de Ézaro y su playa; al frente, la mole granítica del Monte do Pindo y el Monte Peñafiel. Se observa además la pared de la presa de Santa Uxía, que retiene las aguas del Xallas.


El sitio tiene todo lo necesario para que la visita sea de carácter obligatorio, por lo que después de recoger a Sara, nos pusimos en camino. Por ponerle un poco de emoción al viaje, Marta decidió no repostar hasta que estuviéramos enfiladas en la autovía, ya que había gasolina para 80 kilómetros, y de Santiago a Ézaro hay aproximadamente esa distancia. Ella de conductora, Sara detrás y yo de copiloto, que no soy de gran ayuda porque la verdad es que no me entero de nada, como no tengo el carnet de conducir (próximamente) eso de las carreteras, direcciones y demás no lo tengo muy controlado… total, que no hacía ni 500 metros que habíamos dejado atrás Compostela y de repente al coche se le da por acojonarnos, de 80 había pasado a 50 kilómetros, y bajando, cuando no habíamos recorrido esa distancia.

Por la autovía y ni rastro de una gasolinera, y a mí no me sonaba haber visto ninguna por allí. Marta no sabía si reír o llorar, se le veía en la cara. Apagamos la radio, quitamos el cargador del móvil y ella el pie del acelerador. 50, 40, 30, 25… ¿¿25 kilómetros?? Ya nos veíamos las 3 paradas en el arcén con los triángulos y toda la pesca, vamos, un comienzo de viaje cojonudo. Mi prima Sara está estudiando un curso de azafata de vuelo, y había salido de la escuela con el uniforme puesto, pañuelito y chapa incluida, por lo que Marta y yo nos partíamos, ya teníamos quien señalizase toda la maniobra como una profesional.

Cuando la cosa parecía que se estaba poniendo peor, llegaron las cuestas abajo y  empezaron a subir los kilómetros, acabamos con 70, y con el susto en el cuerpo. Cuando llegamos a la gasolinera salimos del coche para besar el suelo y abrazar al gasolinero de ese pueblo perdido al borde de una carretera secundaria, ¡pero qué alivio! Yo antes de llegar al paraíso en forma de gasolinera Galp sólo le decía a Marta “venga no me j**** con la suerte que tienes y lo positiva que eres esto no nos puede estar pasando” y de repente empezaron a aumentar los kilómetros. “¡Marta eres como Jesucristo! En vez de multiplicar los panes y los peces multiplicas gasolina! ¡Eres como un pozo de petróleo andante! ¡Vamos a ser ricas!” Estas tonterías las decía antes de llegar a la gasolinera, para que la mujer se animase un poco y quitarle hierro al asunto.

Después de llenar el depósito con este líquido tan preciado y de que Sara cambiase su uniforme de azafata por ropa normal, seguimos con nuestro camino. La señorita del gps nos llevó por las carreteras mas estrechas y perdidas que había, pero bueno, hay que conocer mundo, no? Aunque el plan era ir por la costa... al ir por el interior, cada vez que veíamos a algún paisano, pitábamos y nos saludaban todos contentos levantando lo que llevasen en la mano (siempre llevan algo, no falla). Todo verde y envolvente, Galicia calidade. 

Hice un vídeo para que se vieran las carreteritas por las que íbamos, al no tener nada con lo que sujetar el móvil, parece que tengo parkinson, pero no, tranquilos todos, es por el movimiento del coche.



Cuando llegamos al mirador de Ézaro no había nadie. Ningún coche aparcado, ni rastro de civilización. Sólo se escuchaba nada. Nos asomamos al paisaje que teníamos en frente; era increíblemente sobrecogedor. Había merecido la pena el susto, la recompensa dejaba al margen el percance gasolinero. Yo no sabía a qué hacerle fotos, lo veía todo tan grande y tan impresionante que cualquier disparo que hacía me parecía una basura. Las fotos que hice no me convencen demasiado, porque no cabe en una sola imagen la impresión que allí se vive y se ve. Las fotos que tengo son bonitas gracias a escenario donde están hechas.

Tan azul y tan verde que parece que no pueden existir otros colores sobre el horizonte. En sitios como el mirador de Ézaro te das cuenta de lo bonito que es Galicia, la paz del mar y el olor del aire que se respiran aquí no los hay en ningún otro sitio. Las tres solas ante el vacío de la grandeza más absoluta nos quedamos unos segundos en silencio, no había nada que decir.

Volvimos al coche y bajamos para ver la cascada. A mí personalmente me parecía mucho más espectacular en las fotos que había visto, pero aún así, es digna de ver. Estuvimos un rato por allí, cuando me di cuenta era yo la única que seguía haciendo fotos. Marta y Sara ya estaban sentadas en el coche, por lo que le puse la tapa a mi cámara y volví a ocupar el asiento de copiloto. De la cascada nos fuimos a comer a Cee, un pueblo que está al lado, ya que pasaba bastante de la hora de comer y las tripas se resentían. Cuando dimos por finalizada la visita nos pusimos en marcha y volvimos a Santiago, con una parada previa en el Corte Inglés antes de volver a casa.

Ahora que estaremos las tres en Galicia, estos “viajes de ida y vuelta” serán mucho más frecuentes (o eso espero). Así podré presumir todavía más del encanto de Galicia, pero con conocimiento de causa. Seguro que a muchos de los que me estáis leyendo os pasa lo mismo. Nos vamos fuera para ver cosas nuevas sin conocer las que tenemos aquí. No voy a negar que si me proponen ahora un viaje a Moscú yo no diré “ah no no, primero vamos a Foz que me han dicho que es precioso”. No llegaré a esos extremos, pero sí tengo más curiosidad que antes por saber todo lo que me estoy perdiendo cerca de mi casa.

Como siempre, y para no perder las costumbres, os dejo unas fotos que ilustran mis palabras, que yo tengo la firme opinión de que “una imagen vale más que mil palabras”. Juzgad vosotros mismos.



















































Hacía muchísimo viento y bastante frío, por lo que yo decidí ponerme manoplas y mi socorrido y calentito abrigo de "granjera busca esposo", como lo llamó mi amiga Eukene la primera vez que me lo puse en Tarragona. El día engañaba bastante, porque hacía sol, pero el aire estaba congelado. No estuvimos todo el tiempo que nos gustaría en el mirador por esta razón, dentro del coche al menos teníamos la nariz a una temperatura normal. Estuvo bien el día la verdad; yo me he quedado con las ganas de ir a la playa de las Catedrales, o alguna otra playa paradisíaca que tenemos por aquí.

Estas semanas han sido de lo más normalitas, mis amigos están todos encerrados en la biblioteca estudiando, y yo soy la única afortunada que no tiene exámenes. Aunque más que suertuda me siento una pringada. Con la gente ocupada mis planes se limitan a horarios de descanso y poco más. 

Se acabaron las navidades y llegaron las rebajas, cita que no me perdía nunca, salvo este año, que mi fiel compañera del primer día pidió la baja por tener que estudiar. Creo que desde que tengo uso de razón empezaba las rebajas con Cris (Pazos), ya tenemos la técnica pillada, ir con falda y de medias para no tener que entrar al probador a probarse nada, con bailarinas para no tener que atar y desatar cordones molestos y bolso grande para meter las bolsas pequeñas, y mientras una hace la larga y eterna cola, la otra rebusca gangas. Pero nada, este año ha muerto una tradición.

Antes de que mis amigas volvieran a sus respectivas ciudades universitarias o destinos erasmus, dando por finalizadas las vacaciones, quedamos todas para darnos los regalos del amigo invisible, entrañable tradición instaurada el año pasado; ya que nunca nos regalamos nada (somos así de cutres, para que luego se lleven la fama los catalanes) y la navidad es una fecha muy factible. Después de todas las navidades viendo a mis amigas por fascículos, el día del intercambio de regalos fue el más multitudinario, seguido por el de fin de año en casa de Ana para la foto de rigor (que para estar hecha con el iPhone 5 de la susodicha, es bastante mala).


Amigo invisible: yo, Laro, Natalia, Leti, Inés, Pereira, Pazos, Albi, Pintos, Sara, Nere y Bea

Fin de año: Inés, Leti, Belén, Laro, Mateo, Nere, Sara, Pazos, yo, Pintos, Ana y Pereira

La cosa estuvo bastante calmada en navidad por el tema de los exámenes que yo no tengo, la mayoría salimos en fin de año y unas cuantas en Reyes, que a mí por lo menos me parece mucho mejor noche para salir que la del último día del año, menos multitudinaria y al final te lo acabas pasando mejor. Ambas estuvieron muy bien, la verdad que yo no tengo queja de mis vacaciones salvo la cita previa que pido para ver a la gente que está chapando.

Reyes: yo, Nere, Leti y Mateo

Reyes: yo, Pintos, Pereira, Leti e Inés

Reyes: Pichis, Nere, Leti, Sebas, yo e Inés

Yo por mi parte he estado acabando los trabajos que tengo que enviar a Angers, que no tengo exámenes, pero tampoco estoy de brazos cruzados. El viernes tuve el placer de quedar con Tere para esta laboriosa tarea. Mañana en la biblioteca y después ir a comer con ella y con Javi. Fue super raro estar con ellos aquí, en Santiago, pero muy bien la verdad. Es genial tener a Tere cerca, el bajón post-erasmus se hace más llevadero. Y más cuando Clara, Isa y la Bohemia están en Angers otra vez... 

Esta tarde quería haber ido al Centro de Arte Contemporánea (sí, en femenino, que está en gallego) con un amigo a ver la exposición "Vibracións prohibidas" pero los lunes está cerrado. Para los que estéis en Santiago y os apetezca un plan cultural, este está muy bien, y para los que no, dejo el enlace aquí por si tenéis curiosidad u os apetece saber de qué va la cosa.

Mañana me toca volver a Pontevedra, a hacerme la foto de la orla y a clase. Todos los martes tengo clase de la única asignatura de este cuatrimestre, así que vuelta a la vida que dejé allí en el 2011. Mi amiga Mar está este curso de séneca en Salamanca y fue a hacerse la foto el otro día al estudio en Vigo, me la pasó por whatsapp y fue verla con la toga y se me encogió la vida, aún me acuerdo del día que la conocí, en septiembre de 2009. Y verla tan "mayor" de repente y con esa sonrisa de foto me impresionó un poco.

Cómo pasa el tiempo, y qué rápido parece que se "acaba" todo (entre comillas, porque lo que realmente acaba es de empezar, nuestra vida laboral digo). Y con esto pongo punto y final al post de hoy, espero que os haya gustado y que pongáis en práctica el consejo de aprovechar los sitios que tenemos cerca. Que nos estamos perdiendo muchas cosas a las que no le damos importancia por pura pereza.