La primera vez que pisé la ciudad Condal fue en 2008 en la excursión de fin de curso que organizó mi colegio (otros se iban de viaje por toda Italia, pero en la Compañía siempre fuimos más enxebres... jajaja); la visita en cuestión fue en calidad de turista, es decir, un circuito cerrado que hicimos acompañados por nuestros profesores que, lógicamente, no nos permitían salirnos del itinerario prefijado.
Vimos lo típico: La Rambla, el templo de la Sagrada Familia, Plaza Cataluña, el Park Güell, la Pedrera, incluso el Camp Nou... Conocimos la Barcelona más icónica pero también la más masificada por los turistas, como nosotros. Me fui de allí con la impresión de haber estado en una ciudad bonita, con muchísima vida y contrastes de todo tipo, en la que además no había cabida para el aburrimiento; definitivamente quería volver pero con más tiempo.
El curso 2011/12 de la carrera lo hice en la URV (Tarragona), que era una de las plazas Séneca más cercanas a Barcelona, ya que ésta no la había; mientras otros se peleaban por Madrid yo sólo quería volver a la ciudad de Gaudí. Durante ese curso tuve la suerte de ir en repetidas ocasiones: sola a ver a mi amiga Eva, con los amigos que venían a pasar unos días conmigo, con mi prima Sara, con mis padres... pero ya era como viajera, sin una ruta estudiada y con total libertad para hacer lo que quisiera.
Empecé a odiar los puntos de más afluencia de gente, las colas que ocupaban manzanas enteras, las calles del Barrio Gótico me parecían un escenario para los turistas que desentonaban bastante con el ambiente, y por supuesto con los barceloneses que a diario tenían que aguantar los reparte flyers del Portal del Ángel.
¿Y todo esto por qué? Porque ayer un amigo me pasó el link de un documental que da nombre a este post "Bye Bye Barcelona" y aunque no sea vecina de la ciudad desde hace años, me sentí identificada como turista, viajera y residente.
Cuidemos Barna.
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