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jueves, 11 de octubre de 2012

Otoño


Hace ya que entramos en el otoño, y en Angers se nota. La lluvia y la humedad son los protagonista de nuestros días. Tere y yo le hemos dicho “hasta luego” a la bici y estamos abonadas al bus, porque cuando llueve a cántaros y hay que ir a clase a las 8, lo que menos apetece es llegar caladas hasta los huesos.

Nuestra línea de autobús es la número 2 y tiene una afluencia de pasajeros considerable. Siempre que nos subimos está llenísimo de gente: trabajadores agobiados mirando el reloj que llegan tarde por el atasco, estudiantes con pocas ganas de llegar a clase, ancianos con aspecto de cansados, señoras agobiadas que no pueden con todas las bolsas y los típicos viejitos que se empeñan por sentirse jóvenes quedándose de pie en el autobús, haciendo equilibrios por salvarse de una caída segura agarrados a las barras como si les fuera la vida en ello.

Seguimos hablando del autobús, o más bien del transporte público en general. ¿Quién no se ha colado nunca en el metro, autobús o tren en otro país? Una españolada muy típica. La respuesta a esta pregunta si eres estudiante o joven sin pasta, es un sí como una casa. Si te pillan te haces el guiri y como decimos los gallegos, malo será. Te ahorras un par de euros y comes en el McDonald’s dos hamburguesas. Como la vida misma.

Tere y yo, con nuestra mentalidad española y bolsillo de estudiante Erasmus, veíamos muy fácil eso de colarnos en el bus y ahorrarnos el billete, o comprar uno y viajar gratis hasta que te pillen, y si lo hacen, validarlo al momento y problema resuelto. Pues no, aquí eso no se puede hacer. Esta semana hemos visto a 3 revisores y hemos enseñado nuestra correspondiente tarjeta 3 veces. El autobús se para, suben 3 señores in total black (que imponen), uno se va al fondo, otro se queda en el medio y otro en el principio. No sale nadie del vehículo hasta que se haya asegurado de que no te has colado. En el mes escaso que llevamos aquí esto nos ha pasado 4 veces, y 3 comprendidas entre el sábado y el miércoles.

Descartada entonces la heroica hazaña de colarse en el transporte público en Angers. ¡Con lo que bien que sienta ese sentimiento de triunfo y la adrenalina del trayecto! Mis padres se escandalizarán al leer esto, pero no fui capaz de convencerlos de colarnos en el metro de ningún sitio. Y eso que les insistí de lo fácil del asunto y de que en Barcelona te compras un billete y pasan dos, o de que mi amiga Sara y yo en Roma viajamos gratis en tren y en autobús como Perico por su casa. Nos volveremos a comprar la tarjeta mensual del bus, que no quiero tener problemas con la gendarmerie, me ha llegado con el asunto del móvil que me ha amenizado gratamente (nótese la ironía) esta semana (los que me conocéis sabréis de que hablo).

Volviendo al otoño de nuevo, la ciudad está preciosa estos días, no es que sea yo muy fan del otoño ni del mal tiempo, pero los paisajes que deja a su paso me encantan. Angers está atravesada por un río, y es por eso que me recuerda un poco a Pontevedra, aunque los puentes de la capital de la provincia gallega son más bonitos, todo sea dicho. No es que sea yo una experta en la materia, pero la arquitectura francesa tiene unas características especiales que hacen que todo el ambiente parezca un poco como el mundo de Harry Potter, sacado directamente de la imaginación de J.K. Rowling. Como una imagen vale más que mil palabras, ahí os van unas cuantas.
















El otro día mis padres me preguntaron si había vuelto Flora de su viaje, sí, volvió. Tere y yo le hicimos un cartelito que le pegamos en su puerta dándole la bienvenida. Sobra decir que lo primero que hizo fue sacar su cámara Nikon y hacerle una foto, después la subió al Facebook y nos etiquetó toda mona. Nos trajo de regalo a cada una, sobres de té inglés de Londres, y nos estuvo contando su experiencia en Islandia, nos dejó los dientes largos…
Suplimos la ausencia de Flora trasladando la tele del estudio pequeño al grande, ahora ya tenemos de todo. Ver los Simpsons mientras cenamos no nos los esperábamos al llegar a las francias.





La vuelta de Flora la celebramos cenando juntas en nuestro estudio, nos hizo una sopa taiwanesa cojonuda y probó por primera vez el jamón serrano. Cuando ya nos habíamos despedido, Tere vio una araña asquerosa y gigante en el baño, después del grito de auxilio y de cerciorarme de la gravedad del asunto, acudimos a nuestra vecina, que vino rauda y veloz a socorrernos. Mató a la susodicha con ambientador de citron, cuando acabó de rociar todo el baño, el estudio parecía el preludio de una muerte en una cámara de gas. Tengo que añadir que se ha comprado el iPhone 5, es la primera vez que lo veo en persona, y me quedé flipando cuando lo sacó del bolso en el autobús.

Creo que nunca os he contado nada de nuestro tercer compañero de piso. Es ruidoso como él solo, da el coñazo todo el día, sólo nos concede minutos de paz intermitentes que agradecemos sobre todo por la noche, ahora ya nos hemos acostumbrados y su ruido constante es como una musiquilla melodiosa. Os hablo de la nevera. El electrodoméstico imprescindible por excelencia, con el que tenemos que dormir, ya que se encuentra en la misma estancia, hace un ruido que una vez pasada una hora ya ni escuchas, pero cuando llega el momento de irse a la cama se te mete en la cabeza y no te deja oír ni tus propios pensamientos. 

Después de casi un mes aquí (el 14 de octubre haremos el mes) y de la llegada de las cajas, tenemos esto como nuestra casa, mucho más acogedor que cuando llegamos. Os enseño algunas fotos de mi habitación y de mis cosas.















Con esto me despido, espero haber saciado vuestras ganas de seguir leyéndome y que os haya gustado. Pronto escribiré con novedades, que mañana llega el novio de Tere de visita y se queda diez días, por lo que haremos tour turístico por la ciudad. Besos




sábado, 29 de septiembre de 2012

Chez moi


Incertidumbre.

Esa es la palabra que mejor define la sensación que tenía antes de poner los pies en mi casa francesa por primera vez.

Como mi estancia aquí es de un cuatrimestre, ninguna residencia ni ningún particular me aceptó como inquilina para un período de tiempo tan corto. Tras mandar como cien emails, hacer todo tipo de inscripciones a pisos y residencias y después del casi-ataque de nervios de mi madre, decidí escribirle un correo a la coordinadora de mi universidad francesa para decirle que me encontraba en la situación de sintecho. La solución fue una familia.

¿Una familia? No era una de mis opciones y mucho menos una opción de Erasmus. Y no una familia al uso, no, no, una familia francesa. “Familia ya tengo una”, la mía, pensé yo al leer el correo con la "fantástica" solución que me proponía la que lleva el alojamiento de la UCO.

Cuando me vi desamparada y las opciones que barajaba eran dormir debajo de un puente o irme con una familia, empecé a verlo hasta buena idea. La cosa cambió al notificarme que iba a estar en un estudio fuera de lo que es la casa de la familia. Tere en uno y yo en otro, al ladito. MON DIEU!! La suerte que estábamos teniendo no la llegamos a valorar hasta que llegamos aquí.

Comienza la historia. En Angers no existen los típicos pisos de estudiantes con su salón, cocina, baños y habitaciones. No. Los franceses tienen que hacerse notar y diferenciarse y lo que se nos oferta son estudios con cocinita y baño. Eso del “piso” y “compañeros de piso” son términos que no se conocen.

Los estudios son como una habitación con todo lo necesario para sobrevivir. La cocina tiene dos hornillos eléctricos, fregadero y un mueble blanco con dos puertas. De todos los estudios que he visto, ninguno sale de este patrón. El baño: wc, lavabo y una ducha pequeña no apta para entrados en kilos. La lavadora no es algo indispensable aquí, porque tienes unas estupendas lavanderías para hacer la colada, muy americano. El microondas o la tele, son artículos de lujo que tampoco suelen venir incluidos en el escueto mobiliario de dichos estudios.

Ahora es cuando comprendéis el por qué de mi suerte, o nuestra suerte, mejor dicho. Tere y yo tenemos dos estudios (áticos, que tienen más gracia) con todo lo necesario para sobrevivir, pero como extra, gozamos de lavadora y tele; además de microondas, cafetera y hervidor de agua por duplicado. Neveras hay tres, no vaya a ser.

Tenemos un estudio grande en el que cocinamos y “hacemos vida” (con lavadora) y otro más pequeño (con tele) en el que sólo estoy para dormir y ducharme. Estaremos mes y medio cada una en un estudio y después cambiamos, de momento nos apañamos bien. El edificio de los estudios en el que vivimos tiene dos pisos, nosotras estamos en el segundo, y para acceder a él tenemos que subir unas escaleras con una pendiente similar a la del Everest, aproximadamente. Tras temer por nuestra integridad física llegamos a un pequeño descansillo con tres puertas amarillas, numeradas del 3 al 5. Flora, nuestra vecina taiwanesa vive en el 3, Tere duerme en el 4, y yo en el 5.

El mobiliario de ambos no es que sea una maravilla, es funcional y punto. Armario, cómoda, mesilla de noche, cama (que por cierto también tenemos de más) mesa grande con sillas y aparadores. En mi estudio hay 5 sillas, en el grande 6, mejor que sobre a que falte. ¿Los muebles? Cada uno de su padre y de su madre conforman una decoración digna de un ciego o un daltónico, todo sea dicho. El bueno gusto no prima. Pero siendo práctica, no hemos tenido que comprar nada, ni vajilla, ni sartenes, ni ollas ni nada de menaje de cocina. Las escobas, cubo de la basura y tuppers también venían en el pack completo del estudio. Añadir que el wifi estaba aquí antes que nosotras, por lo que hemos estado comunicadas nada más llegar, otro punto a favor.

Lo mejor de todo es que tenemos radiadores eléctricos. Uno en el baño y otro en la habitación. Tienen una ruedecita con la que puedes regular la temperatura del 1 al 7. El mío sólo funciona en el 6 ó 7. No hay problema porque con el frío que hace en estas tierras, no tenía pensado utilizarlo en menos. La sorpresa fue que un día me olvidé de apagar el radiador y cuando llegué y abrí la puerta la sensación fue como la de entrar en un baño turco. Hacía un calor tan sofocante que se me abrían los poros como en una sauna. Entrar en el infierno no era nada con el calor que hacía en mi estudio. Del frío más gélido al calor caribeño. ¡Y todo con una ruedecita en el número 7! Por lo menos frío no voy a pasar.

Sigamos con la lavadora. La susodicha está en francés, claro, pero bueno, nada que el sentido común no pueda conseguir. Tras meter la ropa, echar detergente, suavizante y cerrar la puerta, giramos la rueda, elegimos programa y on y va! La lavadora empieza a hacer ruido pero a los 5 minutos silencio absoluto. Repetimos el proceso. Repetimos el proceso. Nos cagamos en todo. Repetimos el proceso ¡Pero si está el agua cerrada! Cuando ya creíamos que nos habían timado con la lavadora y estaba de adorno nos vino la inspiración. La lavadora funciona y lava. Lo de centrifugar lo lleva peor, nosotras también, porque con el ruido y la vibración del suelo, parece que se acerca el fin del mundo.

Minucias aparte, estoy contenta con mi casiña francesa, os enseño unas fotos del estudio pequeño (en el que duermo yo) para que os hagáis una idea de cómo se montan aquí los “pisos” para estudiantes. 













Muchos besos!